ISBN 978-99989-973-0-1
La saga del lúpulo
Autor:Volpe Torres, Pedro Domingo
Colaboradores:
Etcheverry Noria, Sergio Washington (Editor Literario)
Acosta de Etcheverry, Sandra Danila (Ilustrador)
Editorial:Entre todos
Materia:Literatura paraguaya
Público objetivo:General
Publicado:2026-02-11
Número de edición:1
Número de páginas:100
Tamaño:13.5×19.5cm.
Precio:Gs 70.000
Encuadernación:Tapa dura o cartoné
Soporte:Impreso
Idioma:Español
A continuación presento una breve narrativa sobre el discurso oral que di en la presentación del libro del amigo Pedro Volpe, he corregido algunos elementos que me parecían que estaban mal; no obstante, he conservado la gran mayoría de aciertos y errores del discurso dado en aquella noche, así que más que en clave escrita, es un discurso oral, con lo que me fue saliendo en cada momento y en las guías que tenía en el querido Evernote.
Buenas noches.
Hay escritores que imaginan mundos.
Los levantan con paciencia: una ciudad, una genealogía, una criatura, un idioma.
Ponen una piedra sobre otra y fundan una mitología. Nos invitan a entrar en un territorio que, antes de ellos, no existía.
Pedro Volpe pertenece a otra familia, es otra cosa.
Pedro no inventa monstruos para entretenernos.
No fabrica sombras para decorar una historia. No convoca criaturas de un reino lejano para que tengamos miedo sin consecuencias.
Sus monstruos están más cerca.
A veces viven en una casa. A veces se sientan a la mesa. A veces llevan el rostro de un padre, de una costumbre, de una infancia torcida, de un país que aprendió demasiado pronto a seguir adelante.
A veces somos nosotros mismos o casi siempre somos NOSOTROS
Por eso esta noche no voy a hacerles un recorrido ordenado por el libro.
No voy a decirles qué pasa en cada cuento. No voy a llevarlos de la mano por los argumentos. que es lo que solemos hacer muchas veces con ternura y con formas implacables los que presentamos los libros.
Contar el final de un cuento de Pedro sería robarles algo que les pertenece: el sobresalto, la sospecha, el pequeño frío que queda después.
La tristeza, leer a Pedro es leer sobre tristezas…
Voy a hacer otra cosa. Quizás más arriesgada.
Voy a entrar a este libro como se entra a una casa ajena: sin hacer ruido, tocando poco, mirando lo que nadie dejó preparado para la visita.
Y voy a hablar de tres objetos que encontré adentro.
Tres objetos que no pude sacarme de encima.
Una piedra. Una puerta cerrada. Una canción.
La piedra
Yo no entré a este libro por el argumento.
Entré por una piedra.
En “Las piedras de Yaguarón” está la historia que muchos recordamos: la niña de las mandarinas, asesinada en el cerro un día antes de cumplir doce años.
Una de esas tragedias que un país mira, comenta, lamenta durante unos días y después deja caer en una zona peligrosa de la memoria.
Porque los países también olvidan para sobrevivir.
Y a veces olvidan para no hacerse cargo.
Yo esperaba rabia.
Esperaba que Pedro gritara. Que acusara. Que golpeara la mesa.
Pero Pedro hace algo más difícil.
En medio del horror, al lado del cuerpo, introduce una definición de roca.
Fría. Mineral.
Indiferente o bueno casi indiferente
Habla de composición. De tiempo geológico. De procesos que tardan millones de años.
Y uno podría pensar que eso es distancia.
No lo es.
Es lo contrario de la distancia.
Es un escritor que tiene tanta ira que sabe que si la suelta entera, la pierde.
Entonces la enfría. La comprime. La guarda dentro de una piedra.
Y la convierte en otra cosa.
Esa otra cosa tiene un nombre: desazón.
La furia se grita.
Y al gritarse, se gasta. Se evapora. Deja una garganta rota y poco más.
La desazón, en cambio, permanece.
No necesita levantar la voz. No necesita explicarse. Trabaja en silencio.
Fermenta en el lector mucho después de cerrar el libro. Lo oxida; la desazón oxida, creo que es lo correcto decirlo
Como el amargor del lúpulo.
Y con la desazón sí se puede hacer algo.
Se puede escribir. Se puede recordar. Se puede volver al lugar donde algo fue roto y decir:
Esto pasó.
Esto tuvo un nombre.
Esa desazón que no se va es el lupulo, ese desazon que te marca todos los dias con el que te levantas, te acuestas y lo piensas.
La puerta cerrada
El segundo objeto apareció cuando llevaba medio libro y empecé a sospechar que estaba leyendo una escena o una estructura que se repetia con convicción.
Una puerta cerrada.
Un supermercado con las puertas cerradas. Una niña encerrada en una pieza por ser distinta. Una habitación maldita en una mansión de Concepción. Un hombre encerrado con su gato y su soledad, hablándole para no enloquecer.
Cambian los nombres. Cambian las ciudades. Cambia la época.
Cambian los tipos de puertas-
Pero la puerta, ese simbolo vuelve, se repite
Siempre vuelve.
[pausa]
Y entonces uno entiende que el encierro no es un recurso del libro.
Es su forma.
El monstruo de Pedro casi nunca viene de afuera.
No entra por la ventana. No golpea desde la noche. No trae una máscara para que podamos reconocerlo y apartarlo.
Ojala entrara de esa forma ¿cierto? Pedro es mas cruel con nosotros los lectores, el monstruo como no podria ser de otra forma.
Está adentro.
Del otro lado de una puerta que alguien cerró antes: una familia, una pobreza, una guerra, una costumbre, un país.
Y cuando esa puerta se abre, lo que aparece no es un fantasma de utilería.
No es una sombra cómoda.
Somos nosotros.
Aquí quiero detenerme.
Porque es de justicia.
Este libro reúne más de veinte años de escritura, y eso se nota. Pero no como una debilidad. Se nota como se nota el crecimiento de un árbol: por sus anillos, por sus marcas, por la manera en que cada época dejó una herida distinta en la madera.
No leemos solamente cuentos.
Leemos una voz aprendiendo a contenerse.
Está el Pedro joven: más torrencial, más ornamentado, enamorado del gesto gótico, de la casa como organismo vivo, de la penumbra que respira detrás de las cortinas, se nota un esfuerzo demencial porque cada verso se estructura por una prosa preciosa casi barroca, ornamentada con presición.
Y está el otro Pedro: más seco, más contenido, más peligroso, mi pedro favorito si es que conviene decirlo.
El que aprendió que la intensidad no siempre consiste en decir más.
A veces consiste en callar mejor.
En retirar una palabra.
En dejar que el silencio haga su trabajo.
Pedro no esconde ese aprendizaje.
Lo muestra.
Nos deja ver al autor que fue, al que está siendo, y al que todavía está por venir.
Eso, para mí, es una forma rara de honestidad.
Y también una forma de valentía.
Porque no hay nada más vulnerable que permitir que otros vean nuestras primeras sombras, nuestras primeras torpezas, nuestros primeros excesos.
Un escritor verdadero no se corrige hasta volverse irreconocible.
Un escritor verdadero deja que sus ruinas hablen, ver al pedro adulto austero, directo, triste es algo que me conmueve muchisimo de su arte.
La canción
El tercer objeto está escondido donde casi nadie mira.
En las dedicatorias.
Pedro dedica sus cuentos a dos familias.
Una es la de sus maestros: Casola, Renée Ferrer, Agustín Núñez, los nombres de la literatura y del teatro que lo formaron.
La otra familia es distinta.
W.A.S.P. Running Wild. Ricardo Iorio.
Heavy metal.
A primera vista podría parecer un dato lateral. Una marca generacional. Una contraseña privada.
No lo es.
El metal no está en este libro como decoración.
Está como pulso.
Como columna vertebral.
Como ese ruido subterráneo que sostiene incluso las frases más quietas.
W.A.S.P. es una banda norteamericana de los años ochenta que subía mujeres en jaulas al escenario.
Y miren ustedes: la jaula recorre todo este libro.
Ricardo Iorio fue uno de los padres del metal argentino: un hombre que escribió crónicas de los que no tienen nada, y que bautizó a su banda Almafuerte en homenaje a un poeta.
Un metalero nombrándose desde un poeta.
Esa criatura doble es exactamente Pedro Volpe.
Hay un cuento que se llama “No puedo morir esta noche”.
No es un título cualquiera.
Es una orden. Un ruego. Un desafío lanzado contra la muerte.
Este cuento tiene que leerse como se leería una cancion de Metal o de Rock, aqui siento que salgo de mis dominios exactos, pero se puede leer la intensidad, la furia.
Y “El ojo del Guernica”, dedicado a Iorio, habla de bombardeos, de fanatismo, de un fascismo que no se fue, que apenas cambió de ropa.
El metal, entonces, no es biografía.
Es ética.
Es una manera de mirar el daño sin pedir permiso. Una forma de gritar cuando el mundo exige compostura. Una forma de ternura feroz.
Y Pedro parece entender algo que a veces la literatura olvida:
que el grito también puede ser una forma de cuidado.
Que una guitarra distorsionada puede decir, con más verdad que muchas frases limpias, me encantaria leerles este parrafo y que me acompañenm en sus claves poeticas de metal y de ira con que esta vinculado:
Sus ropas y la canasta fueron encontradas en el sitio con los frutos esparcidos como piedras que formaban un vía crucis cual sendero hacia su Gólgota. Un vendedor de yuyos que se daba a la tarea de conseguir ramas y hojas para hacerse una escoba, dio el aviso, y, pronto, media ciudad circundaba la escena. Se presentó la policía, luego la prensa y, por último, la madre. Momentos de un dolor indescriptible fueron transmitidos en vivo. Un pecado del que todos evitan hablar, más en lo profundo la indignación agobiada se niega a olvidarlo, con ira contenida, todo el pueblo espera una redención lejana, pero no imposible, un grito ígneo de emancipación y justicia. La policía inició las investigaciones y llegaron hasta la casa donde residía el monstruo. Era casero y ya había huido. En la pesquisa, encontraron anatómicos y condones que tras estudios se constató que tuvieron que ver con lo acontecido. Lo identificaron y consiguieron una foto suya de adolescente, pero de su paradero solo se han conjeturado hipótesis y en todas ellas está libre.
La piedra, otra vez
Vuelvo al primer objeto porque el propio libro me dio la imagen para cerrar.
En el cuento de la niña de Yaguarón, Pedro habla de una tradición: la piedra carta.
Uno manda una piedra y el mensaje está en ella.
Si la piedra es lisa, sin grietas, agradable al tacto, quien la envía está bien.
Si la piedra es callosa, hueca, agrietada, áspera, quien la envía está sufriendo mucho.
Pero hace falta alguien del otro lado.
Siempre hace falta alguien del otro lado.
Un emisor. Un receptor. Una mano que envía. Otra mano que se atreve a tocar.
La tragedia de esa niña es que no tenía a quién mandarle sus piedras.
O tal vez sí.
Tal vez nos las mandó tarde.
Tal vez Pedro las recogió del suelo.
Tal vez este libro existe porque alguien, al fin, se inclinó a escuchar lo que una piedra quería decir.
____
Yo creo que este libro es una piedra carta agrietada.
Pedro nos la entrega no para que la admiremos cómodos, no para que digamos qué bien escrita está la desgracia, no para que salgamos tranquilos de la lectura.
Nos la entrega para que la toquemos.
Para que sintamos sus bordes. Su aspereza. Su peso.
Sus formas.
Para que sepamos que alguien, del otro lado, sufrió.
Y que en lugar de tragarse ese sufrimiento, lo convirtió en literatura.
Por eso vuelvo al lúpulo.
Porque la palabra es exacta.
El lúpulo no endulza.
El lúpulo amarga.
Pero conserva.
Le da carácter a lo que, de otro modo, pasaría sin dejar rastro.
Impide que ciertas cosas se pudran demasiado rápido.
Eso hace este libro.
Toma materiales amargos: la culpa, la infancia herida, la pobreza, la violencia familiar, la tragedia colectiva, el país como habitación cerrada.
Y los deja fermentar.
No para volverlos agradables.
Para volverlos memoria.
(Aquí perdi el hilo nuevamente, lo reencauce mas o menos asi)
Léanlo no para encontrar respuestas.
Léanlo para quedarse un rato junto a preguntas que no se dejan domesticar.
Léanlo para escuchar a un escritor que no inventa monstruos por capricho, sino porque tuvo el valor de mirar los que ya estaban entre nosotros.
Léanlo porque hay libros que no consuelan, y está bien que no consuelen.
Hay libros que no vienen a curar la herida.
Vienen a impedir que mintamos sobre ella.
Aquí silencio me perdí un poco y retomé el hilo.
Hay libros que no endulzan la vida.
Pero le dan carácter.
Como el lúpulo. Como la desazón. Como ciertas verdades que, una vez probadas, se quedan en la boca mucho después del último trago.
Gracias, Pedro.
Gracias por no suavizar la herida.
Por no convertir el dolor en adorno.
Por no dejar que ciertas muertes desaparezcan bajo la cortesía del olvido.
Gracias por recordarnos que la literatura, cuando nace de verdad, no siempre consuela.
A veces hace algo más duro.
Algo más honesto.
Nos enseña a no olvidar.
Gracias Pedro.

