Una lectura de Horas cantadas
ISBN 978-99989-1-595-4
Horas cantadas
Autor: Molinas Riquelme, Carla Gabriela
Colaboradores:
Almeida Ayala, Heidi Anushka (Compilador)
Vera Scuderi, Laura Beatriz (Diseñador)
Vera Scuderi, Natalia Beatriz (Editor Literario)
Editorial: Vera Abed, Carlos Alberto
Materia: Literatura paraguaya
Clasificación: Ficción moderna y contemporánea
Publicado:2025-11-15
Número de edición:1
Número de páginas:104
Precio:Gs 50.000
Idioma:Español
«Carla escribe raro. Pero raro de bueno, raro de los que no se entienden del todo y por eso vuelven». —Una voz del Club de Literatura, una noche cualquiera
La escuché explicar un cuento como quien abre una puerta y no teme mostrar el desorden de la casa. Hablaba tranquila. Casi demasiado tranquila. Decía de dónde venía una imagen, cómo había corregido una voz, qué parte pertenecía a su padre, qué parte a la infancia, qué parte al oficio. Yo tomaba notas en la tablet, intentando seguirle el paso, hasta que en algún momento dejé de escribir y la miré fijo. Saqué entonces el otro teléfono y empecé a dibujar lo que decía: conceptos, movimientos, palabras concretas que iba soltando. No me alcanzaba con transcribir. Había algo extraño en esa transparencia. Carla no ocultaba nada y, sin embargo, el misterio crecía; o, mejor aún, su misterio.
Eso me incomodó. Porque uno espera que el secreto de un escritor esté en lo que calla. En Carla, en cambio, el secreto está en lo que entrega.
Hay autores que se leen; otros, en cambio, se descifran. Carla Molinas pertenece a esa segunda especie, aunque ella misma parezca empeñada en desmentirlo. La conozco desde hace años. La he leído como compañera de la Escuela de Artes Literarias, la he escuchado en talleres, en aulas, en conversaciones de pasillo y, más recientemente, en el Club de Literatura de autores paraguayos, donde abrimos Horas cantadas como quien abre una caja que todavía conserva el ruido de algo vivo.
Y, sin embargo, Carla sigue siendo para mí un enigma. Aquí empieza la primera paradoja de este ensayo: ¿cómo puede una autora que responde con tanta generosidad cada pregunta sobre su oficio —que revela sus técnicas, que explica de dónde viene cada cuento, que entrega sin ceremonia la cocina de su escritura— volverse más misteriosa cuanto más habla?
Hay otra paradoja, más extraña todavía. Carla es silenciosa. Lo digo en serio, aunque suene contradictorio con lo que acabo de decir. Cuando contesta, contesta directo, sin rodeos, casi en seco. Pero esa misma economía termina dominando la conversación entera. Uno se queda mirándola. Esperando la próxima frase corta. La gente alrededor baja el volumen sin darse cuenta. Carla no necesita levantar la voz porque su voz ya está ocupando el centro de la mesa, y lo está ocupando, precisamente, por no estirarse.
Por eso uno la escucha y cree haber recibido una explicación. Dice que el cuento del anciano nació del deterioro de su propio padre. Dice que el cuento de las perlas viene de una fantasía infantil sobre los objetos de su madre. Dice que, cuando escribe una escena, cierra los ojos y entra en ella: mide el viento, la distancia, el ángulo de la mirada, la textura del piso bajo los pies de sus criaturas.
Lo dice todo. Y, aun así, al cerrar el libro, uno no sabe qué la mueve.
Hay escritores que cultivan el misterio callando. Carla cultiva el suyo diciendo. Esa es su rareza más honda: no oculta el procedimiento, pero el resultado permanece opaco. Nos entrega los planos de la casa y, cuando entramos, descubrimos habitaciones que no estaban dibujadas.
I. La autora que dice todo y sigue siendo un enigma
En el medio literario, hablar del oficio con claridad suele parecer una falta de pudor. Se prefiere la pose del secreto, la frase hermética, el silencio del genio. Carla rompe ese código por una vía más difícil: contesta.
Le preguntan cómo construye una voz narrativa y habla de decisiones concretas. Le preguntan por la musicalidad de su prosa y responde con disciplina: talleres, ejercicios, tiempo medido, cierres encontrados bajo presión. Le preguntan por su linaje y recuerda a su madre, alumna de Hugo Rodríguez Alcalá, de quien heredó el gusto por el cuento breve y por el remate inesperado.
Aquí conviene detenerse, porque hay algo en su biografía que el lector debería saber para entender lo que está leyendo. Carla gana premios. Muchos. Cualquiera que se tome el trabajo de buscarla en internet va a encontrar una lista que asusta: el Club Centenario dos veces, el Letras de Iberoamérica de México dos veces, el Horacio Quiroga, el Rotary Club de Flores, finalista en Bajo la sombra del perro en la CDMX, finalista en Versos compartidos en Montevideo. Y la lista sigue.
Lo curioso es cómo lo logra. No por golpes de suerte ni por padrinazgos del medio. Lo logra por una terquedad de mula que, a quienes la conocemos, nos resulta entre admirable y desconcertante. Carla se presenta. Si no gana, se vuelve a presentar. Si tampoco, otra vez. Manda cuentos, espera, recibe respuesta, revisa, vuelve a mandar. Es un método obrero, casi industrial, aplicado a una actividad que la mayoría seguimos imaginando como inspiración pura.
Yo, que soy de los escritores vagos —de los que esperan que la página se ofrezca, de los que escriben cuando algo les pide ser escrito—, miro esa disciplina suya con una mezcla de admiración y vergüenza propia. Carla es la antítesis del escritor que va a la deriva. Es la prueba viva de que la inspiración es, en el mejor de los casos, una cuarta parte del oficio. Las otras tres son sentarse, presentarse, no rendirse.
Todo esto debería desmitificarla. Si el oficio se explica, si la disciplina se enseña, si los premios se persiguen, ¿dónde queda el misterio? Pero no. Cuanto más se conoce el andamiaje, más raro se vuelve el edificio. Uno entiende el método, la disciplina, la herencia. Entiende incluso la arquitectura. Pero no entiende del todo el sonido. La transparencia del oficio no explica la sombra que queda después de leer.
Esa es, creo, la condición profunda de su escritura: hay una disciplina visible y una voluntad invisible. La disciplina puede enseñarse. Carla insiste en ello. Un escritor, dice, debe ensayar como un bailarín. Todos los días. Con el cuerpo entero. Con repetición. La voluntad, en cambio, no se enseña. No se enseña aquello que lleva a una autora a mirar desde una perla suelta, desde un perro enterrado, desde una araña paciente, desde un pajarito de madera, desde un anciano que espera a una mujer que ya no puede volver. Uno puede aprender una técnica. No puede aprender el sitio exacto hacia donde mira una conciencia.
Y Carla mira siempre donde casi nadie mira.
II. La narración desde el marco
Hagamos un pequeño censo de sus criaturas.
Una perla huérfana que sobrevive a un collar destruido en una noche de exceso. Un perro muerto que sigue protegiendo la casa donde fue amado. Un pajarito de reloj cucú que descubre que su verdadero oficio era avisar a los libros abandonados que ya pueden contar sus historias. Una araña vieja, trabajadora, paciente, obligada a convivir con un hombre que destruye cada noche su tela. Una mujer que no sabe si quien la acompaña es una amiga o una forma de su propio padecimiento. Una lechuza enamorada en silencio. Un viejo Artemio que confunde un banco de la plaza Italia con el sillón azul de su sala.
Carla casi nunca narra desde el centro humano de la escena. Narra desde el marco. Desde el polvo del marco. A veces incluso desde el clavo que sostiene el marco. Esa elección no es un juego formal. Es una manera de mirar.
Desde el centro humano la realidad ya ha sido mirada demasiadas veces. Tenemos siglos de literatura observando al hombre que ama, al hombre que mata, al hombre que pierde, al hombre que recuerda. Lo que falta no es otro hombre mirando. Lo que falta es la perla que vio romperse el collar. El perro que escuchó a las sobrinas hablar de la casa como si la casa no tuviera memoria. El pajarito del cucú que entendió antes que los humanos que los libros también pueden quedarse solos.
Carla no mira desde donde se nos enseñó a mirar. Se instala en el borde. En el animal que espera. En la cosa que vio demasiado. En el objeto que los humanos tocaron sin sospechar que también guardaba memoria.
Quizás por eso me inquieta. Porque su literatura parece decirnos que nunca estuvimos solos en nuestras escenas más íntimas. Siempre hubo algo mirando. Una perla. Un perro. Una araña. Un sillón azul. Algo humilde y silencioso tomando nota de nuestra ruina.
En sus cuentos, una perla habla. Por supuesto. ¿Por qué no habría de hablar? El relato no se detiene a justificar la rareza: la asume, y al asumirla, la vuelve verdadera. Eso es lo más difícil de imitar en su escritura. No el animismo —el animismo se puede ensayar— sino la calma con que lo presenta. No hay énfasis. No hay subrayado. La rareza es doméstica.
III. La delicadeza de leer a alguien cercano
Hay una incomodidad que no quiero esconder: leer a alguien cercano exige una forma distinta de pudor.
Uno no entra a esos cuentos como entra a una biblioteca ajena. Entra con cuidado, casi pidiendo permiso. Porque detrás de ciertas imágenes hay una vida que uno ha visto pasar por los pasillos. Una voz que ha escuchado reír. Una persona que alguna vez explicó su método sin solemnidad, sin blindarse, sin levantar el muro protector que tantos escritores usan para no ser tocados.
Con Carla ocurre eso. La cercanía no aclara. Complica.
Uno cree que conocer a la autora le dará ventaja sobre el texto. Pero no. A veces ocurre lo contrario. La cercanía vuelve la lectura más frágil, más responsable. Uno ya no puede decir cualquier cosa. Uno baja la voz.
Por eso Mientras te espero me obliga a bajar la voz.
IV. Mientras te espero, o la dignidad frente al derrumbe
De todos los cuentos del libro, Mientras te espero es el que más me marca.
Quizás porque allí Carla alcanza una forma de piedad que no necesita declararse. Quizás porque el cuento no busca conmover y por eso conmueve más. Quizás porque entiende algo difícil: que la fragilidad no cancela la dignidad.
El argumento parece simple. Artemio Castro, un hombre viejo, se sienta a esperar a su esposa en el sillón azul de la sala donde ella leía. Cierra los ojos. La imagina entrando de un momento a otro. Recuerda el jardín, los jazmines, los consejos domésticos, las luces que ella le pedía encender, los remedios, los rosales.
Entonces llega un policía. Y el lector comprende, junto con Artemio, que el sillón azul es un banco de la plaza Italia. Que la sala es la plaza. Que la casa de Alberdi 247 es ahora una farmacia. Que la esposa no llegará. Que hace años no llega. Que los muchachos a quienes Artemio no quiere ver aparecer en patrullera son, en realidad, sus compañeros del asilo.
La memoria ha levantado una casa sobre las ruinas de otra. Y Artemio vive allí.
Artemio no está perdido en el sentido habitual de la palabra. Habita una casa que ya no existe. La crueldad del mundo consistiría en corregirlo demasiado rápido. Decirle: esto no es una sala, es una plaza; esta no es tu casa, es una farmacia; esa mujer no va a venir.
Carla no hace eso. Carla se sienta un momento a su lado. Y ese gesto —literario, ético— salva al cuento de la compasión fácil.
Lo extraordinario es que Carla no traiciona a su personaje. No lo ridiculiza. No usa su confusión para arrancarle al lector una lágrima. Artemio conserva, en todo momento, una cortesía casi sagrada. Le pide al oficial que no avise a los muchachos. Explica que la farmacia fue su casa, y que el hecho de que ahora sea otra cosa no anula lo que fue. Defiende la tardanza de su esposa como quien protege el honor de alguien amado incluso ante un extraño.
La voz de Artemio no es la voz de un hombre reducido a su enfermedad. Es la voz de un hombre entero cuya geografía interna se reorganizó.
Y aquí aparece el otro acierto del cuento: el oficial Robledo. Podría haber sido la realidad entrando como una patada. Podría haber corregido, humillado, explicado con dureza. Pero no. Robledo acompaña. No invade. No se burla. No arranca a Artemio de su mundo como quien arranca una venda. Camina con él hasta donde puede.
Hay allí una idea del cuidado que me interesa profundamente: cuidar no siempre es devolver a alguien a la realidad. A veces cuidar es entrar con respeto en la realidad que el otro puede soportar.
Carla entiende eso. Por eso Mientras te espero no es solo un cuento sobre la memoria. Es un cuento sobre la delicadeza. Sobre la forma en que una vida puede desordenarse sin perder su nobleza. Sobre el deber que tenemos de no destruir, con nuestra brutal claridad, los refugios que otros construyeron para no caerse del todo.
En el Club de Literatura, Carla contó que ese cuento nació del deterioro de su propio padre. Lo dijo con esa naturalidad suya, sin énfasis, sin buscar conmoción. No quiero abusar de ese dato. Pero debo nombrarlo. Porque ilumina el cuento sin agotarlo.
Mientras te espero no es un experimento literario. Es una forma de honrar. Y eso se nota.
V. El descarte con dientes
Hasta aquí podría parecer que la literatura de Carla es una literatura del cuidado, de la ternura hacia lo olvidado, del rescate de aquello que ha sido puesto a un lado.
Lo es. Pero detenerse ahí sería empobrecerla. Porque en Carla los descartados no solo sufren. También responden. A veces se vengan.
Pienso en Hilos de seda. La araña vieja, viuda varias veces, vive en una casa en ruinas con un hombre borracho que destruye cada noche su trabajo. Ella diseña una tela magnífica, quizá la mejor de su vida. Una red precisa, paciente, hecha no solo para sobrevivir, sino también, de algún modo extraño, para sostener la vida de ese hombre que se hunde.
Y él la destruye. Entonces la araña espera. Se refugia. Mide. Desciende por sus propios hilos, se enreda en el cabello del hombre, avanza hasta su mejilla y le muestra los colmillos.
La araña no grita. No se justifica. Desciende. Hay venganzas que no necesitan ira. Les basta la precisión.
Pienso también en Bajo la higuera, donde el perro fantasma de Lorenzo y Perla sigue defendiendo la casa después de muerto. Las sobrinas quieren vender, cortar la higuera, excavar el jardín, reducir la memoria a posible dinero enterrado. Pero el perro no olvida. Los perros, parece decir el cuento, recuerdan mejor que los herederos. Y, cuando hace falta, la fidelidad también sabe mostrar los dientes.
O pienso en Ojo por ojo, donde Cacho Velázquez descubre la traición del jefe y responde con una precisión casi contable. No incendia el mundo. No se entrega al drama. Retira un millón de dólares y se marcha.
El razonamiento final tiene una belleza seca: «Él me quitó a mi esposa; yo le quité dinero. Hizo un mal negocio».
La venganza no es pasional. Es aritmética. Y por eso funciona.
Lo que Carla descubre en estos cuentos, sin moralizar, es que la dignidad de los descartados no consiste en soportarlo todo. A veces la dignidad consiste en responder con proporción.
La araña no destruye la casa. Mata al hombre que destruyó su tela. El perro no asesina a las sobrinas: las espanta. Cacho no arrasa la empresa: retira lo que considera justo y se va.
Hay en estos cuentos una ética de la represalia medida. En Carla, los marginados conservan no solo la voz; conservan también los colmillos. Y eso, en una literatura donde tantas veces los humildes se vuelven objeto de compasión paternalista, resulta liberador.
VI. La cuestión del centro
Vuelvo a la pregunta inicial. ¿Cuál es el centro de Carla Molinas?
Después de leer Horas cantadas, después de escucharla hablar de sus cuentos, después de compartir años de talleres, aulas y lecturas, mi respuesta honesta es que no lo sé. Y acaso esa sea la respuesta correcta.
Carla no tiene un centro único. Lo que tiene es una constelación de obsesiones que orbitan unas alrededor de otras: la vejez, los animales que piensan, los objetos que recuerdan, el trastorno convertido en presencia, la justicia poética, el animismo, el Chaco, el barrio Sajonia, las plazas de Asunción, las bibliotecas, los cuerpos laterales, las voces que no deberían hablar y, sin embargo, hablan.
Cada cuento parece girar alrededor de un sol distinto. Y cuando uno cree haber identificado ese sol, el siguiente cuento se desplaza hacia otra órbita.
Podría leerse como dispersión. Yo prefiero leerlo como honestidad. Carla escribe sobre aquello que la llama, y la llaman muchas cosas. Su imaginación no organiza el mundo desde una tesis, sino desde una escucha rara, paciente. Atiende lo que vibra. Lo que queda fuera. Lo que no tiene permiso de decir «yo».
Una perla. Un perro. Una araña. Un pajarito de madera. Un anciano sentado en una plaza. Cada uno recibe una vida completa.
Quizás el centro de Carla no sea un tema. Quizás sea una manera de mirar: instalarse siempre en el sitio desde donde casi nadie ha mirado antes. Si esa hipótesis es cierta, entonces sus cuentos sí comparten una fuerza común. No un argumento. No una obsesión única. Una dirección de la mirada.
Carla desplaza el centro. Y al hacerlo, vuelve fértil el margen.
VII. Lo que no se entiende del todo
Quizás por eso la frase que abre este ensayo me parece tan justa: «Carla escribe raro. Pero raro de bueno, raro de los que no se entienden del todo y por eso vuelven».
Hay una literatura que se agota cuando se entiende. Uno la lee, la descifra, la archiva. Cumplió su tarea. La de Carla no funciona así.
Uno entiende el cuento y, sin embargo, algo queda sin resolver. Una vibración. Una pregunta. Una incomodidad leve. Como si la historia hubiera terminado en la página, pero siguiera ocurriendo en algún lugar detrás de la frente.
Eso es difícil de lograr. Más difícil todavía cuando la autora parece haberlo explicado todo. Pero quizá ahí está su fuerza: Carla no escribe desde el secreto, sino desde una transparencia que no alcanza para explicarlo todo. Su obra demuestra que el misterio no siempre vive en lo oculto. A veces vive en lo visible. En aquello que miramos de frente y aun así no terminamos de comprender.
Una perla habla. Un perro muerto protege. Una araña calcula. Un anciano espera. Una biblioteca abandonada escucha el canto de un pájaro de madera.
Nada de eso debería ser real. Y, sin embargo, después de leerla, el mundo parece más incompleto si esas cosas no fueran posibles.
Epílogo: compañera de viaje
Uno aprende del compañero de ruta. Lo lee. Lo escucha. Comparte talleres, conversaciones, borradores, sospechas. Cree conocerlo. Pero la escritura del otro permanece siempre como un territorio al que se puede entrar sin llegar a poseerlo.
Carla ha leído lo mío. Yo he leído lo suyo.
Y, aun así, cuando cierro Horas cantadas, sigo sin saber con certeza qué la mueve. Solo puedo afirmar que la mueve algo profundo, sostenido y propio.
Hay una forma de admiración que nace de la familiaridad: te conozco, sé de dónde vienes, puedo trazar tu genealogía. Y hay otra forma de admiración, más difícil, que nace de la opacidad: te leo desde hace años y sigues siendo un enigma. Y precisamente por eso vuelvo.
La mía hacia Carla pertenece a esta segunda clase.
Cada libro suyo me pone frente a una autora cercana y a una escritora que no termino de conocer. Esa duplicidad —la persona que responde, la escritura que se resiste— es quizá una de las señales más raras de su lugar en nuestra generación literaria paraguaya.
Carla responde todas las preguntas. Pero después de cada respuesta queda otra. Tal vez esa sea la marca de los escritores que duran: no lo que esconden, sino lo que generan. Carla no esconde. Carla genera.
Por eso seguimos leyéndola: para aceptar que algunas escrituras no se dejan resolver.
Uno se sienta frente a ellas como Artemio en su banco, creyendo reconocer la casa, el jardín, la voz amada que está por llegar. Y de pronto entiende que no está donde pensaba.
Esa es la literatura cuando importa: una plaza que por un instante vuelve a ser sala. Una ausencia que todavía conversa.

¿Dónde conseguir la obra de Carla?
La obra de Carla puede conseguirse en muchos espacios de literatura paraguaya en Asunción, estando su obra completa en Punto Divertido.

