
En una ciudad anodina y gris, colgaba un cable de un edificio de apartamentos etiquetados como «interés social», un eufemismo que fusionaba el utilitarismo, la escasez de espacio y la aspiración de algunas familias por un futuro mejor. Acostumbrado a la intemperie y acompañado de árboles y aves diversas, el cable desempeñaba un rol vital. Su corazón latía con millones de pulsos eléctricos que se transformaban en imágenes y sonidos, brindando entretenimiento a sus habitantes. Aunque no comprendía del todo el poder hipnótico que ejercía, sabía que su responsabilidad era crucial. Durante incontables días, resistió tormentas, sol y vientos de toda índole, cumpliendo con su misión, hasta que un día, un ser de aspecto extraño y rostro curtido por un trabajo mal pagado lo desconectó, dejándolo inerte en el quinto piso.
Un niño observaba ansioso su antigua caja de madera sin control remoto, esperando el estreno de un nuevo capítulo de Dragon Ball Z, cuando ocurrió lo impensable: la señal de televisión se cortó totalmente. Se levantó de inmediato, vestido con un uniforme desgastado de pantalones grises y saco verde oliva, y golpeó el televisor. «No funciona», se dijo a sí mismo. Tras comprobar que el cable detrás del televisor estaba conectado, encendió de nuevo el aparato y gritó: «¡V, sabes qué pasó con el televisor!». Sin respuesta, revisó la nevera donde sus padres colgaban los recibos y descubrió que el deficiente servicio de cable llevaba meses sin pagarse.
El cable, tendido y desconectado, entendía lo sucedido; había sido desvinculado de la casa. Sabía que la televisión por cable, aunque esencial en esa vida sin internet, era un lujo inalcanzable para la familia. No era crítico ni desagradecido con las señales que fluían por él, pero era consciente de que la «perubolica» era lo mejor entre lo peor, con sus 20 canales mayormente peruanos. Aunque se reía imaginando que sus programas eran escritos por un ejército de simios, se dio cuenta de su desconexión y la patética diversión que ya no podía ofrecer.
El niño, consciente de su precaria situación económica, observó a su viejo amigo, el cable, colgando desconectado y desolado. Gritó, «¿Cable, estás bien?», pero no hubo respuesta. Se retiró a su habitación, pensando en cómo ver el episodio crucial de la saga de Majin Buu.
Horas después, cuando ella entró a la casa y vio al niño sumido en sus pensamientos, él le preguntó si había alguna solución para el cable, para salvar sus tardes, para salvar su vida. Ella lo miró con indiferencia y dijo: «Quizás tu padre pueda pagar en unos meses». Pero el niño tenía un plan: «Cable, te volveré a conectar», exclamó, mientras el cable, aunque consciente de la improbabilidad, se llenaba de esperanza.
El niño le propuso a ella reconectar el cable ellos mismos. Ella, escéptica, objetó la viabilidad por el peligro que implicaba. Sin embargo, él tenía un plan más seguro: «Es simple, abajo en el tercer piso el vecino tiene conexión a cable. Podemos intentar tomar ese cable y crear una conexión para nosotros».
El cable, sumido en pensamientos de rehabilitación y gratitud, fue sorprendido cuando el niño, con una cuerda y una cinta gruesa, comenzó a subirlo lentamente. Al llegar a la ventana, el niño lo tomó en sus brazos, conectó un dispositivo que dividía la señal, y el cable sintió nuevamente cómo las señales lo llenaban.
Desafortunadamente, el arreglo fue efímero. En un descuido, el cable cayó hasta el primer piso. El vecino, al notar la manipulación, destruyó el ingenio del niño, quien, desolado, no encontró solución para recuperar la conexión.
El cable había caído y yacía ahora en el jardín detrás del edificio, rodeado de tierra mojada y hormigas que paseaban por sus extremos. Vacío y desesperanzado, reflexionaba sobre su existencia mientras recordaba los pájaros y la vista hacia las montañas, preguntándose si la vida era solo esos breves momentos de conexiones reales.
El niño, viendo cómo el vecino, un tipo corpulento y de mal aspecto, destruía su último intento por rescatar al cable, se sentía impotente. Ella, por su parte, estaba dispuesta a confrontar al vecino, pero en un momento de lucidez, decidió que era inútil. El niño pasó la noche sin dormir, fue al colegio al día siguiente esperando que alguien le contara lo ocurrido y regresó a casa sin ideas, rogando a ella por una solución, aunque sabía que era inútil.
El cable, moribundo tras días de lluvia, se dio cuenta de que su destino terminaba allí, en la tierra, sabiendo que su corazón ya no latiría con esos pulsos y que su vida útil había llegado a su fin, para luego desaparecer entre los desperdicios de la ciudad fría, gris y anodina.
