Alerta de spoilers: Si no has leído El Bosque Oscuro de Liu Cixin ni El Proyecto Hail Mary de Andy Weir, te invito a que primero las leas. No te arrepentirás de lo mejor que existe en ciencia ficción, y luego regresas con un cafecito y conversamos.
Me encontraba en Cartagena de Indias, en el balcón de mi hermana, a las cuatro de la mañana. Una brisa suave del Caribe se colaba entre los juguetes desperdigados —carritos, piezas de Lego, temperas— mientras yo, un hombre de mediana edad, devoraba las últimas páginas de El Proyecto Hail Mary. Esa imagen —un tipo rodeado de juguetes a las cuatro de la madrugada, incapaz de soltar un libro— explica mejor que cualquier reseña por qué esta novela de Andy Weir es absolutamente apasionante.
El libro tiene un ritmo vertiginoso, una textura narrativa impecable y una capacidad de hacerte soñar como pocas obras de ciencia ficción logran. Pero lo que me rompió la cabeza no fue solo la aventura de Ryland Grace ni su ingenio para resolver problemas imposibles. Fue algo mucho más profundo: Andy Weir había construido, sin anunciarlo con bombos y platillos, una antítesis filosófica de una de las teorías más perturbadoras de la ciencia ficción contemporánea. Había refutado, con elegancia y sin nombrarlo —con una sonrisa, o mejor dicho, con el equivalente eridano de una sonrisa—, el Bosque Oscuro de Liu Cixin.
El Catecismo del Bosque Oscuro
Para entender la magnitud de lo que propone Weir, primero hay que comprender qué es el Bosque Oscuro. En su novela homónima (segunda parte de la trilogía Los Tres Cuerpos), Liu Cixin ofrece una respuesta escalofriante a la Paradoja de Fermi: si el universo debería estar repleto de vida inteligente, ¿por qué no hemos encontrado evidencia de ella? ¿Dónde están todos? Sobre esto escribí un ensayo largo y tendido en este blog aquí.
La Paradoja de Fermi —formulada por el físico Enrico Fermi en los años cincuenta— plantea esta contradicción fundamental: dadas las condiciones propicias para la vida que abundan en el cosmos, la ausencia de contacto con civilizaciones extraterrestres resulta inquietante. Liu Cixin propone una solución brutal: el universo funciona como un bosque oscuro donde cada civilización es un cazador armado que camina sigilosamente entre los árboles. Si encuentras a otro cazador —ángel, demonio, niño o anciano—, solo hay una cosa que puedes hacer: abrir fuego y eliminarlo. Porque en este bosque, el infierno son los otros.
La tesis del Bosque Oscuro se sustenta en lo que Liu llama «sociología cósmica», una disciplina imaginaria con axiomas precisos. Los fundamentales son dos: primero, la supervivencia es la necesidad primaria de toda civilización; segundo, aunque las civilizaciones crecen y se expanden, la cantidad total de materia en el universo permanece constante. A estos se suman dos conceptos clave: la «cadena de sospecha» (la imposibilidad de conocer con certeza las intenciones de otra civilización) y la «explosión tecnológica» (el hecho de que una civilización tecnológicamente atrasada puede, en tiempo cósmico, alcanzar niveles de desarrollo espectaculares).
El resultado es una lógica implacable: dado que los recursos son finitos, dado que no puedes confiar en las intenciones del otro, dado que ese otro puede experimentar una explosión tecnológica y superarte en décadas, la única estrategia racional de supervivencia es la eliminación preventiva. Detectar vida inteligente no es motivo de celebración; es una sentencia de muerte. O destruyes o te destruyen. En el libro se hace con una elegancia magnífica, pero sin duda eso será para otro escrito.
Es una visión profundamente pesimista, pero con una coherencia interna abrumadora. Liu Cixin asume que todas las civilizaciones operan bajo los mismos principios: escasez, competencia, desconfianza, supervivencia a cualquier costo. El universo es homogéneo en su lógica depredadora.
Y yo, que me he sumergido en las mieles de la burocracia internacional y he visto cómo los intereses particulares sabotean las mejores intenciones, que conozco de primera mano la mezquindad humana, he de reconocer que Liu tiene un punto. Aunque también debo confesar que su pesimismo no me sorprende: está hablando de instituciones humanas, de sistemas que de facto no funcionan porque están mal diseñados desde el origen. (Que tampoco es tan pesimista; confia ciegamente en la institucionalidad humana y su eficiencia en algo que tambien tengo muchas dudas)
Pero entonces llegó Rocky. Y todo cambió.
Spoilers completos: Cuando el Universo No es un Bosque
A partir de aquí, spoilers totales de El Proyecto Hail Mary. Última advertencia.
El Proyecto Hail Mary plantea una crisis existencial: un microorganismo alienígena llamado «astrófago» está devorando nuestro Sol. Los astrófagos son organismos unicelulares que viven en la superficie de las estrellas, absorbiendo radiación electromagnética y almacenándola en cantidades inimaginables. Se reproducen y dispersan sus esporas por el espacio interestelar, infectando otros soles. En treinta años, la Tierra experimentará una nueva era glacial. La humanidad está condenada.
Pero hay una anomalía: Tau Ceti, una estrella a doce años luz de distancia, también está infectada por astrófagos pero no se ha oscurecido. Algo en ese sistema mantiene la plaga bajo control. La misión Hail Mary —un último intento desesperado— envía a Ryland Grace, profesor de ciencias y exbiólogo, a investigar. Es una misión suicida de ida solamente; las naves no tripuladas llevarán la solución de vuelta a la Tierra.
Grace despierta con amnesia en el sistema Tau Ceti, solo, con sus compañeros de tripulación muertos. Y entonces ocurre el encuentro.
Otra nave. Otra civilización enfrentando el mismo problema. Los eridanos —habitantes del sistema 40 Eridani— también están siendo devorados por los astrófagos. Rocky, el ingeniero eridano con el que Grace establece contacto, no es humanoide: es una criatura cristalina, arácnida, de cinco extremidades, ciega a la luz visible pero capaz de «ver» mediante ecolocalización. Su planeta tiene una atmósfera de amoníaco casi puro, 29 veces más densa que la terrestre. Su biología está basada en una química radicalmente distinta. Su sangre es mercurio.
Y aquí es donde Andy Weir ejecuta su golpe maestro.
Rocky no ve a Grace como una amenaza.
Más aún: la civilización eridana no comprende el concepto de enemigo depredador de la misma manera que los humanos. Cuando duermen, los eridanos se vigilan mutuamente, se protegen, se cuidan. No es una estrategia de defensa contra agresores; es un comportamiento de cooperación profunda, arraigado en su evolución. Rocky nunca había considerado a un extraño como un potencial destructor porque esa lógica simplemente no existía en su marco conceptual.
Weir plantea algo revolucionario: ¿y si el universo no es un bosque oscuro porque no todos los ecosistemas funcionan igual? El bosque oscuro asume que todos somos cazadores y presas, que todos competimos por los mismos recursos, que todos operamos bajo las mismas leyes de supervivencia. Pero Rocky y su civilización demuestran que eso es una proyección humana. Un desierto oscuro no funciona como un bosque oscuro. Una luna oscura tiene otras reglas. Un planeta con atmósfera de amoníaco y biología cristalina no tiene ningún interés en conquistar la Tierra. No ganan nada con ello.
Los recursos que son vitales para una especie pueden ser completamente irrelevantes para otra. La física y la química que permiten la vida en un lugar pueden hacer inhabitable otro. El antropocentrismo del Bosque Oscuro —la idea de que todos queremos lo mismo, que todos pensamos igual, que todos somos amenazas mutuas— se derrumba ante la diversidad radical del universo, una diversidad que incluso se expresa en todos los aspectos: lenguaje, formas, simetrías, cadenas de ADN, evolución de la ciencia. La diversidad como postulado ético radical.
La Cooperación Como Ventaja Evolutiva
La antítesis de Weir no es ingenua. No niega que existan civilizaciones depredadoras o que la competencia por recursos sea real. Lo que propone es que la diversidad de formas de vida en el cosmos es tan vasta que la homogeneidad asumida por Liu Cixin es estadísticamente improbable.
Más importante aún: Weir sugiere que la cooperación entre especies radicalmente diferentes puede ser una ventaja evolutiva superior a la eliminación preventiva. Grace y Rocky, imposibles de ser amenaza uno para el otro en términos de recursos, descubren que sus conocimientos complementarios son su mayor fortaleza. Los humanos dominan la ciencia teórica; los eridanos son ingenieros magistrales con acceso a materiales que desafían las leyes físicas conocidas (el xenonite, capaz de soportar presiones y temperaturas imposibles). Juntos resuelven lo que ninguno podría haber resuelto solo.
El clímax de la novela —cuando Grace sacrifica su regreso a la Tierra para salvar a Rocky, quien está varado en el espacio— es la refutación emocional definitiva del Bosque Oscuro. Grace renuncia a ver su hogar otra vez, condena su cuerpo al envejecimiento solitario en un planeta alienígena, todo por salvar a un amigo que ni siquiera respira el mismo aire que él. Y los eridanos, en reciprocidad, lo acogen como héroe, le construyen un hábitat, lo integran a su sociedad.
Liu Cixin y Weir coinciden en algo: ambos creen que los sistemas institucionales humanos funcionan, aunque de maneras distintas. Liu los ve capaces de ejecutar la lógica fría de la supervivencia; Weir los ve capaces de coordinarse para misiones imposibles. Yo, que he visto el lado oscuro de la burocracia y la política, tengo mis dudas sobre ambos. Creo que ambos autores son muy positivos sobre la burocracia; les falta una visión latinoamericana sobre la burocracia. Pero la diferencia entre ellos no está en la eficiencia institucional. Está en la premisa sobre la naturaleza del universo.
El Universo No es un Monocultivo
La gran lección de El Proyecto Hail Mary es que el universo no es un monocultivo filosófico. No todos los seres inteligentes evolucionaron bajo las mismas presiones, no todos desarrollaron las mismas cosmovisiones, no todos ven la supervivencia a través del mismo lente. El Bosque Oscuro asume que la inteligencia es homogénea: que ser inteligente significa pensar como un humano paranoico en un estado de naturaleza hobbesiano.
Pero Rocky piensa distinto. Y esa diferencia no lo hace menos inteligente; lo hace diferente. La xenofobia no es una ley universal. La competencia a muerte no es inevitable. La cooperación no es una ingenuidad utópica; puede ser, literalmente, la única forma de sobrevivir.
Weir no niega que existan civilizaciones peligrosas. No dice que debamos anunciar nuestra presencia al cosmos con altavoces cósmicos. Lo que sugiere es que la ecuación es más compleja de lo que Liu propone. Que hay espacio para el encuentro, para el diálogo, para el descubrimiento mutuo. Que el silencio del universo no necesariamente es el silencio de los cazadores agazapados, sino quizá el silencio de civilizaciones que, como nosotros, aún no han encontrado la forma de hablar.
Y esa posibilidad —esa grieta en la lógica implacable del Bosque Oscuro— me parece infinitamente más interesante, más humana, más digna de explorar por el simple hecho de que nos da una salida.
Porque si algo aprendí leyendo este libro en un balcón de Cartagena, rodeado de juguetes y brisas del Caribe, es que el universo siempre será más extraño, más diverso y más maravilloso de lo que nuestras teorías más elegantes puedan anticipar.
