Tejer la mirada

Tejer lo público: un discurso de gratitud y memoria

El texto que sigue fue leído durante la ceremonia de graduación del Diplomado en Políticas Públicas de Salud en julio de 2025, como un agradecimiento a todos los compañeros que confiaron en mí para escribir estas palabras.


Señoras y señores, autoridades, docentes, compañeras, compañeros:

Gracias. Por hacer de este espacio una isla de sentido en medio del ruido. Gracias, especialmente, a Soledad, por esta iniciativa luminosa. Y a cada docente que, con sus palabras —a veces sabias, a veces inquietantes— nos ayudaron a construir un camino hecho de pensamiento, de sensibilidad, de propósito. Gracias por permitirnos imaginar una patria diferente.

Y gracias, también, a quienes nos acompañan desde sus afectos, sus preguntas, su escucha amorosa. Porque graduarse, en el fondo, es eso: dejar una parte de uno en los otros.

Permítanme entonces compartir algo íntimo. Tres escenas. Tres imágenes. Porque no sé hablar de lo público sin pasar primero por el cuerpo.

Primero, el puente.
En el norte del Amazonas boliviano, hay comunidades donde la ceguera se hereda. No por genética, sino por negligencia. El tracoma —una ceguera prevenible— persiste donde el agua, la salud, la dignidad han sido negadas. Conocer esa realidad fue como una bofetada en la conciencia. Y entender, al mismo tiempo, que la política pública es eso: un puente. Un lazo que —si lo tejemos con voluntad— puede unir el abandono con el cuidado. Puede ser la madeja invisible que permite que un niño crezca, que una madre abrace, que una vida florezca.

Segundo, el awayu.
Aprendí en Bolivia que sin evidencia, no hay política que dure. Recorrí más de 70 municipios para entender esa ceguera. Y comprendí algo esencial: preguntar es un acto radical. Mirar lo invisible requiere agallas. El awayu —ese tejido en que las madres envuelven a sus hijos— es para mí la mejor metáfora de una política pública: abrigo, claridad, protección. Ver lo que duele. Y cubrirlo con cuidado.

Tercero, el ñandutí.
Paraguay es mi casa elegida. Aquí conocí a quienes, sin hacer ruido, cambian el mundo. Personas que llevaron cirugías de catarata a quienes habían sido olvidados. Aquí supe que no hay tecnología que reemplace la voluntad. Paraguay me enseñó que el tejido más hermoso es el que se hace entre muchos. Que aún nos falta. Pero que si tejemos juntos, podemos.

Y en ese tejido, ustedes —mis compañeros— fueron hilo y aguja. Me enseñaron que pensar distinto no separa, sino que enriquece. Que el aula también puede ser un lugar de abrigo.

A Olivia y a Carmen, con quienes compartí las últimas jornadas del trabajo final, gracias por su inteligencia generosa, por las risas necesarias, por la complicidad en medio del cansancio. Fue un privilegio tejer con ustedes.

Porque tejer políticas públicas no es solo técnica: es un acto poético, ético y colectivo. Es decidir que el otro importa. Que si el otro ve, yo también veo. Que si el otro respira, yo también respiro.

A mis seres amados: gracias por sostenerme incluso en el silencio.
Y si está aquí, a Fernanda gracias por ser abrigo en este tiempo complejo.

Gracias por tejer conmigo, con nosotros, esta geografía de cuidado.

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