Mi Pushkin (en la tierra del tereré y el guaraní)

«Estos versos huelen a café colombiano,
al calor nocturno del Paraguay y al té ruso…»

Uliana: “06.06.2023.  20:45 Esa tarde entré en la sala sin demasiada certeza. Solo llevaba un libro en la mano y un idioma que, para muchos, sonaba a eco antiguo, a algo que no les pertenecía. No sabía qué esperar. Tal vez un poco de atención, un poco de silencio. O tal vez nada. Era la primera vez que en Paraguay se celebraba el Día Internacional del Idioma Ruso y se conmemoraba a Aleksandr Serguéievich Pushkin…

Alexander: “06.06.2023. 21:02 Debo confesar que hoy, por primera vez, alguien me habló de Pushkin y de su importancia, y yo no estaba convencido. Estaba sentado en aquel salón bellamente iluminado, mientras una mujer de ojos hondos e inquietos hablaba con pasión de esa voz, de cómo la voz de Pushkin era también la suya, y la de su pueblo. Contaba cómo su madre recitaba con ella los poemas de Pushkin, hasta el punto de que Eugenio Oneguin vivía en cada rincón de aquella casa, en algún lugar del sur de Rusia. Imaginé su cocina, la forma de vestir de la madre, y cómo esas palabras —que para mí eran apenas sonidos— adquirían un sentido de armonía, de unión, de esperanza profunda. Salí corriendo del club de lectura. En mi maleta, un libro de Pushkin: La hija del capitán. Al llegar a casa, me serví un café y comencé a hojearlo. Recuerdo que, en esa primera lectura, no conecté. No podía imaginarlo. ¿Cómo hacerlo? Estaba en un escenario tan lejano al suyo, a siglos de distancia de sus sueños, de sus caminos. Empecé a mascar página por página, y en ese recorrido encontré a un hombre enamorado de una mujer remota, que con solo su imagen, su presencia, se deshacía.

Intentaba comprender su mundo. Leía y releía aquellas frases antiguas, esperando que algo se revelara. Pero había una distancia —no solo geográfica, no solo temporal—, una lejanía hecha de climas, de costumbres, de dolores distintos. Y, sin embargo, hubo un instante en que una frase, una mirada, un gesto descrito en el libro, me rozó por dentro. Algo se encendió, como una pasión antigua. Entonces recordé una escena enterrada: una ciudad montañosa y lluviosa, una mesa, una cena con quien sería mi primer suegro. Vi su rostro escrutando cada uno de mis gestos, de mis movimientos, y me descubrí a mí mismo allí, viéndola a ella, suspirando por ella, atrapado en esos amores juveniles que suelen deparar enormes desgracias. Cerré el libro.

Uliana: “06.06.2023. 21.00. Miré los rostros. Jóvenes, algunos no tanto, pero cálidos y algo lejanos. Hablé. Pero esta vez no como profesora, sino como hija. Hablé de una casa en el sur de Rusia donde los poemas no se leían: se recordaban. Donde una niña de tres años, sin saber hablar bien todavía, escuchaba cada noche antes de dormir los versos que su mamá le recitaba. Y cuando empezó a hilar palabras en oraciones, la gente notó que aquella pequeña recitaba Ruslán y Liudmila y El cuento del zar Saltán. Les hablé de esa casa, donde Pushkin era parte del aire…

Alexander: “06.06.2023. 21:15. Una taza de café humeante a mi lado dispersa su olor con paciencia, como si quisiera anclarme al presente. Mientras tanto, abstraído en preguntas, me digo: ¿cómo es posible? ¿Cómo podía ser que, en esta escena tropical, en una noche paraguaya sofocante, a cuarenta grados, me sintiera narrado por un hombre que no podría estar más lejos —separado por abismos de clima, de lenguaje, de historia? Y, sin embargo, allí estábamos: en ese mundo que es la literatura, compartiendo la misma mesa, unidos por el amor imposible, por la tragedia, por la memoria. Habíamos cruzado los océanos de la muerte para consagrarnos a la evocación, para sentarnos —desde nuestras soledades— a recordar a la mujer amada.

Pero para Pushkin, el primer descubrimiento fue más diáfano. Su lengua era la lengua de su pueblo. El español, en cambio, es para mí una lengua herida. Vive en la ambigüedad de haber sido arma colonial, lengua que sepultó otras lenguas, otros dioses, otras formas de decir el mundo. Y, al mismo tiempo, es la lengua de mi madre. Con ella me cantó, me cuidó, me enseñó a leer. Fue en español que supe lo que era una historia. Lo que era un silencio. Una lengua nacida del silenciamiento de miles de otras.

En ese instante lo vi: a Pushkin, trasnochado, con los ojos enrojecidos, arrastrando los pies por su estudio, preguntándose qué estaba ocurriendo. Y me vi a mí mismo igual. Lo miré, queriendo hablarle: yo, un hombre latinoamericano, de tierras ardientes y palabras cargadas de historia; y él, mirándome como se mira a un visitante improbable, preguntándose qué clase de sujeto era yo, de qué rincón del mundo venía, cómo podía alguien tan distante habitar, aunque fuera por un instante, su escena, su lengua, su vida. Vi todas nuestras diferencias irrenunciables. Y justo entonces, cerré el libro.

Uliana: “06.06.2023. 21:05 Y en medio de mi discurso, justo cuando terminé de recitar un fragmento de su poema en ruso —el famoso “Yo le amé”—, ocurrió algo que no estaba en ningún plan. Algo que aún me estremece al recordarlo. Una señora paraguaya —callada, sentada al fondo, con un pañuelo en el bolso y ojos que habían visto mucho— pidió la palabra. Se puso de pie y, con una voz suave pero firme, recitó el mismo poema. Pero no en ruso. En guaraní. Fue como si, de pronto, la historia se doblara en dos y el alma de dos pueblos se tocara por un instante. El idioma de Pushkin, nacido en los salones de San Petersburgo, atravesaba siglos y fronteras para renacer en la lengua de los pueblos originarios del Paraguay…

Alexander: “06.06.2023. 21:45. Me dije a mí mismo: ¿qué estoy intentando hacer? ¿De verdad la literatura tiene ese poder —el de transformarnos, el de llevarnos a otro mundo donde Rusia y Latinoamérica puedan tocarse sin romperse? ¿Qué podría saber la literatura rusa de este pueblo golpeado, menospreciado, encallado durante dos siglos en el estancamiento? ¿Puede este lenguaje extranjero enseñarme algo sobre el amor y la traición? ¿Puede este autor, tan lejano, decirme algo sobre la pérdida, sobre el orgullo herido que se lleva como una cruz?

Uliana: “06.06.2023. 21.40 (El portero me trajo el libro que había olvidado junto a la piscina y me preguntó quién era ese hombre con rulos en la tapa).

Lo del club… No sé qué pasó después. Terminé la charla, salí a la calle, y el calor paraguayo me devolvió al presente. Pensé que todo se había disuelto, como suele pasar con las palabras. Pero también pensé que a veces —solo a veces— una semilla encuentra tierra al otro lado del mundo. Y, sin saberlo, comienza a crecer.

Mi casa se quedó en el sur de Rusia. La pequeña niña se convirtió en una mamá que, de vez en cuando, le recita a Pushkin a su hijito en noches calurosas…

Alexander: “16.06.2023. 21:45. Y comprendí, al fin, que en el territorio sin fronteras de la literatura, todo encuentro es posible. Que los abismos, por momentos, se difuminan. Que permiten, incluso, el milagro de un puente. Los ojos de aquella mujer me parecieron más cercanos; las historias de su madre recitando poesía, sin saberlo, eran los mismos ojos de mi madre en la fría Bogotá, relatándome relatos incomprensibles de esa magia cotidiana donde aún habita.

En aquella mesa, conversando con Pushkin, me vi acompañándolo; los dos con rostros agotados, trasnochados por esas fiestas insoportables, mirándolos de frente, compartiendo ideas sobre aquello que más nos mueve el alma. Comprendí que su lucha por construir la identidad de la lengua rusa era también mi búsqueda: la de otorgarle al español —al español herido que habito— una identidad latinoamericana que pudiera trascender fronteras.

Que sus búsquedas eran tan similares a las mías.

Y que sus pérdidas… esas eran idénticas.

Lo vi entonces, allí, en la intemperie de nuestras almas, dándole belleza a sus ruinas. Y en esa misma intemperie, dialogábamos: entre sus ruinas y las mías. Porque esas formas de la belleza quebrada nos pertenecen a ambos. Y en la desnudez de ese encuentro, entendí que las ruinas, también, pueden ser un hogar.

Alexander Páez, Uliana Romanenko


Este ensayo ha sido galardonado con el Premio Pushkin 2025 en la categoría ensayo. Un agradecimiento profundo a mi co-autora Uliana Romanenko que con su bellísimo ruso ha logrado que el español trascienda fronteras con semejante fuerza y energía brillante.

Un comentario

  1. Avatar de José Chirife

    Reply

    Excelente escrito, una conversación muy original entre almas que se tocan, aunque no se vean, a través del tiempo y la literatura. Pushkin es el punto de unión de un par de historias y se convierte faro que guía en la búsqueda de una identidad, en compañero de lucha.

Tu comentario aquí

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.