«La literatura es la memoria del mundo.»
— Carlos Fuentes
Los Principios
En la icónica película 2001: Odisea del Espacio de Stanley Kubrick, un grupo ruidoso de primates se encuentra consternado en una vasta sabana desértica. Observan con atención un extraño monolito del que emana una suave melodía. Al principio, reaccionan con sorpresa; algunos con furia, otros con miedo. Lentamente, se acercan unos a otros. Primero lo palpan con sus ásperas manos, luego lo abrazan y lo escuchan, hasta que instintivamente se unen para tocarlo, para sentirlo. Por primera vez, el incesante ruido de sus deseos individuales—los golpes de huesos contra las rocas, ese desorden y barullo—cesa, unificándolos en una misma sensación, en un mismo objetivo. Esta escena simboliza un evento que une a la humanidad, el primer paso hacia su evolución cognitiva. Ese monolito tiene la capacidad de elevar la conciencia de estos homínidos y, cientos de miles de años después, el Homo sapiens construyó artefactos profundamente complejos para ir a la Luna y encontrarse con la cuna de la humanidad.
En ese pasado lejano, no sabemos exactamente cómo, aunque especulamos sobre el cuándo. Hace unos 100,000 años, existía una guerra feroz y terrible por los recursos naturales en una roca fría e inerte. En esa lucha, un chimpancé ordinario, delgado y más débil que su enemigo, buscaba nuevas formas de supervivencia. Fue entonces cuando el monolito apareció, impulsando al ser humano a pensar en símbolos. Gracias a estos símbolos, el Homo sapiens empezó a ver el mundo en dos dimensiones: un mundo real, lleno de rocas, árboles, polvo y olores; y un mundo imaginario, habitado por elementos invisibles pero poderosos. Era el territorio de antiguos dioses, de propósitos que hoy desconocemos. Este mundo imaginario logró algo impensable hasta entonces: permitió a este homínido cooperar con otros seres humanos. Antes de ese momento, la cooperación se daba únicamente entre familiares o miembros de la misma tribu. Pero gracias a este monolito revolucionario, podían tejerse historias sobre objetivos, deseos y sentimientos que permitirían la cooperación en grandes números.
Las historias narradas por los ancianos de la aldea, llenas de símbolos que resonaban en la mente de la tribu, los invitaban a unirse y cooperar como hermanos de una misma hermandad. Estas narrativas, que trascendían el espacio y el tiempo, influían en la mente colectiva, llevándolos a hacer lo que su enemigo no podía: cooperar en grupos de cientos o miles para lograr un objetivo común. Esta nueva capacidad de cooperar en grandes números permitió que, en el transcurso de miles de años, el Homo sapiens se extendiera por todo el planeta, dejando a su paso millones de historias y millones de muertos. Entre ellos, nuestros hermanos homínidos y prácticamente toda la megafauna del continente americano.
El monolito bendijo a ciertos hombres de la tribu con el arte de contar historias, de narrar mundos imaginarios, de inventarlos con el propósito de que los conocimientos, arquetipos y principios morales y éticos perduraran a través de las generaciones. Otorgó a una raza de hombres-chamanes primigenios principios imaginarios de mundos reales para los homínidos, aunque invisibles para las demás criaturas. Por primera vez, el hombre comenzó a ser habitante de dos mundos: un mundo imaginario tejido de historias y un mundo real. Este mundo imaginario fue el germen de la literatura oral. El contador de historias tenía el don de despertar emociones vívidas, de hacer llorar a comunidades enteras, de ensalzar grandes nombres. De sus palabras nacieron dioses, héroes, hombres; todos con un propósito curioso: dotar a este chimpancé de la capacidad de habitar mundos imaginarios y, al hacerlo, poder imaginar otros mundos posibles, otras formas de habitar la Tierra.
Esta «infección» de mundos imaginarios se extendió a cada práctica humana como si de un virus se tratara, evolucionando y adaptándose a cada época. Muchos miles de años después, con el descubrimiento de la escritura—nacida de la necesidad de llevar cuentas en viejos graneros—esta infección permitió dar un salto monumental: llevar esas antiguas historias orales a la palabra escrita. Simultáneamente, otras culturas grababan en piedras sus historias con fascinantes dibujos, buscando que perduraran en la memoria. Miles de historias se perdieron para siempre en ese proceso de oralidad a escritura, eliminando quién sabe cuántos dioses, cuántos hombres valiosos. Con ellos, el mundo imaginario se modificaba constantemente: se expandía o reducía. Muchos mundos imaginarios llegaban a un apocalipsis particular cuando una tribu era exterminada por un fenómeno climático o un virus desconocido.
Esta infección persistió en cada gran revolución de la humanidad, desde la agrícola hasta la científica, impregnando cada elemento humano. Porque este mundo imaginario, su tejido, nos constituye como el eje fundamental de nuestra consciente humanidad. El monolito sigue habitando nuestras actividades humanas, en cada relato que resuena en nuestro espíritu y construye mundos imaginarios con una capacidad inusitada.
Epílogo
Miles de años después, los descendientes de aquellos homínidos construyeron un nuevo monolito, capaz de contar sus propias historias. Este monolito no es de piedra ni emite melodías; reside en los circuitos y algoritmos de las máquinas que hemos creado: la inteligencia artificial. Al enseñarle nuestras narrativas y permitirle tejer nuevos relatos, hemos hackeado el sistema operativo de la humanidad. Este hackeo es simbólico: si el mundo de los hombres está tejido por sus historias, cuando una máquina se apodere de ese tejido, será la IA quien teja esos mundos.
Es inevitable que la IA se convierta en el nuevo escritor primigenio. ¿Cómo reaccionará la humanidad ante esta nueva literatura? Hemos entregado el fuego de Prometeo y ahora debemos decidir si compartirlo o renunciar a él. La inteligencia artificial es tanto una continuación como una transformación de nuestra capacidad para crear y habitar mundos imaginarios. Así como el monolito original impulsó a los homínidos a un nuevo nivel de conciencia y cooperación, este monolito tecnológico nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad y nuestro futuro. ¿Seremos capaces de coexistir y cooperar con nuestras propias creaciones? ¿Podremos integrar las narrativas generadas por la IA en nuestro tejido simbólico sin perder lo que nos hace humanos?
El desafío que enfrentamos es monumental. Pero, al igual que nuestros ancestros, tenemos la capacidad de adaptarnos y evolucionar. La historia nos ha enseñado que los símbolos y las narrativas pueden unirnos o dividirnos. En esta nueva era, debemos ser conscientes del poder que hemos desatado y actuar con sabiduría para guiar nuestro destino colectivo.
Conclusión
Por eso, afirmamos que cierta literatura es tal porque hace uso estético del lenguaje. Sin embargo, el concepto de estética refleja siempre una estructura de poder. Declaramos que La Ilíada es una profunda obra de arte literario y, sin embargo, concedemos sin pretenderlo una escala menor al Popol Vuh. Estamos tan profundamente arraigados en estos conceptos que no podemos distinguir ni el proceso ni su uso.
En esa medida, para mí, la literatura es todo lo que obedece al mundo imaginario del ser humano; es lo que permite tejer y destruir este mundo. Sé que este concepto genera problemas: ¿es acaso un tratado de derecho literatura? No cumple la tesis que conecta y teje el mundo, pero podríamos decir que muchos tratados de derecho son auténtica literatura, al igual que los escritos del Deuteronomio. Pero estas consideraciones provienen de un concepto reducido de literatura. Tal como sucedió con la filosofía, la literatura parece hoy encadenada a la poesía o la prosa, como si el cine no fuese literatura en movimiento, o el teatro, o el cómic. Incluso, ¿no son profundamente literarios los grandes discursos del siglo XX? El monolito sigue habitando cada rincón de este mundo imaginario.
Entonces, ¿qué es literatura? ¿Estaremos condenados a usar dos conceptos sobre el mismo fenómeno? El primero, tan totalizante que, al ser todo, se deshace en la nada. El segundo, más específico, encadenado a la palabra escrita con una intención estética. Pero, pese a todo, mi madre sigue creyendo que las canciones de vallenato son los poemas más profundos que ha escuchado en su vida y que despiertan su alma mucho más que La Ilíada o Guerra y Paz. Y es que, para mí, la literatura es el tejido con que construimos el mundo.
Bibliografia
Borges, J. L. (1997). Ficciones. Alianza Editorial.
Campbell, J. (2004). El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica.
Eco, U. (1965). Apocalípticos e integrados. Lumen.
Fuentes, C. (2002). En esto creo. Alfaguara.
Garrido Domínguez, A. (2001). Teoría de la literatura. Editorial Cátedra.
Harari, Y. N. (2014). Sapiens: De animales a dioses. Debate.
Jung, C. G. (2014). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Paidós.
Kubrick, S., & Clarke, A. C. (1968). 2001: Odisea del Espacio [Película]. Metro-Goldwyn-Mayer.
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