
Frente a la enorme puerta del hospital San Juan de Dios, un grupo de guardias armados revisaba los equipajes de los vehículos mientras perros de seguridad olfateaban cada paquete que ingresaba. En esos días, una serie de atentados terroristas mantenía a la ciudad en máxima alerta. El presidente decretó un estado de sitio, aunque muchos lo respetaban a regañadientes. En el sur de Bogotá, multitudes se manifestaban contra el gobierno, denunciando las medidas impuestas, la falta de suministro eléctrico y la desaparición de sus familiares. La ciudad fluctuaba entre la más absoluta calma y, al mismo tiempo, hervía, amenazando con desaparecer para siempre.
En esa urbe en ebullición, una fila interminable se extendía frente a la entrada del hospital. Empleados de diversas oficinas esperaban su turno para entrar: secretarias, recepcionistas y personal de limpieza, todos aguardaban bajo una lluvia incesante, fina y sutil, que teñía la ciudad de un gris particular, en una atmósfera fría y ventosa. Detrás de aquella estructura se alzaba el hospital, donde todo tipo de heridos llegaban en ambulancias abarrotadas y vehículos de toda clase.
En la fila, mi madre, una mujer bajita, de cabellos dorados y muy joven, esperaba con la respiración entrecortada. Vestida con una bata blanca prestada, apretaba en su mano derecha una fotografía de su hermano cuando tenía siete años. Pensaba en él, en lo mucho que lo amaba. Su corazón se encogía al considerar que quizás le había fallado, que no había logrado alejarlo de las malas amistades, que no había sido la madre adoptiva que él se merecía.
Mientras se acercaba lentamente a los guardias, intentaba disimular el sudor de su frente entre el bullicio de las personas que deseaban ingresar, soportando la lentitud de aquella enorme fila. El guardia, sin saludar y con una actitud hostil, le preguntó a dónde se dirigía. Ella respondió de forma escueta y directa que iba a trabajar en la sala de cuidados intensivos del hospital. El guardia, sin prestar mucha atención, le permitió pasar, firmando una hoja y mirándola con sospecha, como miraba a todo el mundo que cruzaba aquella puerta, para luego seguir con su tarea de amedrentar a quienes se esforzaban por ingresar.
Un potrero enorme, con muchas casas improvisadas de familiares que preguntaban por sus seres queridos, se abrió ante su vista. Mi madre se preguntaba si aquel riesgo tenía sentido, si valía la pena ver a su hermano por última vez y despedirse de él, aunque las consecuencias fueran tan graves. Cuando la duda la acechaba, agarraba fuerte la fotografía y volvía a rumiar en sus pensamientos una y otra vez, recordaba cómo, cuando su padre murió, ella con doce años prometió cuidarlo como a su propio hijo. Lo veía como un niño corriendo al colegio, soportando todas las penurias de aquella época que vivía solo en su memoria.
Me enteré de este evento hace un par de noches cuando me escabullí a la sala sin que nadie lo notara y encontré a su grupo de oración conversando temas de adultos, mi madre llorando, sentada en una pequeña mesa de la casa. Había recibido una llamada de su hermana, informándole que mi tío había sido herido. Él se encontraba en una cantina, compartiendo con sus amigos, cuando unos sujetos armados dispararon sin previo aviso en aquel local, y una bala perdida atravesó su cuerpo.
Mi tío llevaba internado ya una semana, con pocas probabilidades de sobrevivir, pese a las oraciones insistentes de mi madre. Yo la miraba intrigado. Sabía que él había salido de la cárcel hace poco, por delitos que no comprendía, y, entre lágrimas, ella afirmaba que le había pedido una y otra vez que se alejara de aquel lugar y de esas compañías.
Las explicaciones de mi madre siempre eran simples y no aclaraban nada, pero yo intentaba unir los retazos de historias para comprender. Odiaba verla llorar, odiaba verla vagar a medianoche como un alma en pena, atrapada entre los ruidos de la calle, apagones y noticias de violencia que inundaban la televisión. La miraba desde mi habitación e intentaba velar por ella, cuidarla, hasta que una noche me acerqué a ella con pasos cortos, atravesé la sala y me senté frente a ella para acompañarla.
Esa noche, llorando, me dijo: «Mijo, no puedo no volverle a ver. No después de todo lo sucedido. Necesito despedirme de él por última vez.» Tomó entre sus manos unos papeles y me dijo: «Tengo un plan para verlo.»
Tomó mis manos y con su carita iluminada me dijo: —Me voy a disfrazar de enfermera de cuidados intensivos—. Tomó entre sus manos mi bata blanca de dibujo técnico y, entre sus cosas, sacó un carnet y me dijo: —Mira, esto—. Tomé entre mis manos el carnet de una joven enfermera. —Mijo, ¿me ayudarías a poner mi nombre en él y una foto?—. Mis ojos se llenaron de complicidad y, de inmediato, me puse en pie. Fui al fondo de la habitación y saqué entre mis objetos mi máquina de escribir eléctrica. Con cuidado, desarmé el carnet, raspé con una cuchilla menor las letras y, cuando estuve seguro, procedí a colocar su nombre. Mi madre, detrás, observaba con tensa calma. Lo entregué en sus manos con enorme satisfacción y le dije: —Solo falta plastificarlo—.
Aquella noche, ya en cama, me preguntaba: ¿De dónde sacó mi madre el carnet? ¿Cómo sabía dónde encontrarlo? ¿Qué pasó en aquel billar para que justo le dispararan a él? Pero no podía negarle ningún favor. Ella era mi mundo, y por más que las versiones no tuvieran sentido, mi deber era proveer todo mi ser para aquel engaño. Entre estos pensamientos, me dormí profundamente.
Aquel día me levanté temprano, caminé a mi colegio y no dejé de pensar ni por un segundo en ella. Sabía que estaba en su misión de despedirse de mi tío. Me senté entre clases monótonas de aquel colegio público, caminé por su patio en el recreo como preso, y salí corriendo de aquel sitio para ver si la encontraba.
Mi madre atravesó la lúgubre puerta del hospital. Un olor a formol se extendía entre pasillos abarrotados por el ruido de la muchedumbre, gritos, pánico, música en cada rincón y el bullicio de cientos de almas que vagaban por un hospital cuidando a sus seres amados. Al fondo, una escalera apareció ante ella y subió los tres pisos con la cabeza erguida y la confianza de que hacía lo correcto. Su corazón latía rápido. Pensaba muchas veces en retroceder, en que si la atrapaban no volvería a ver a sus hijos. Se imaginaba el calabozo gris y oscuro, los golpes que podría recibir o, aún peor, que la hicieran desaparecer. Y cuando pensaba en retroceder, volvía a tomar la fotografía en su mano derecha, tomaba el carnet que su hijo le había construido en su mano izquierda y caminaba con firmeza a la sala de cuidados intensivos.
Comenzó a buscar con desesperación cómo ubicarse. Veía cientos de puertas, enfermeras que pasaban una al lado de la otra con brusquedad. Hasta que, al fondo, vio a un profesor con un séquito de enfermeras, con aire de pavo real orgulloso, mientras sus discípulas, en papeles mal logrados, fingían anotar los elementos pseudo inteligentes que les decía. Ella corrió y se ubicó detrás de ellas, se le ocurrió que tarde o temprano tendrían que pasar por la habitación de su hermano, su corazón latía cada vez más rápido, sintiendo cada mirada sospechosa del séquito de enfermeras y los guardias en la puerta de aquella enorme sala.
Luego de muchas habitaciones y fracasos, por fin lo vio. Su corazón se desarmó al verlo lleno de tubos con nombres extraños. Su bello rostro, antes vigoroso, ahora se encontraba completamente inflamado y distorsionado por el constante dolor y el sonido desesperante de los aparatos que lo mantenían sobreviviendo en aquello que creemos es vida. El profesor, con una actitud directa, tomó el historial, fingió repasarlo varias veces y, sin decir nada, le habló en voz baja a una enfermera mientras se retiraba de inmediato. Mi madre aprovechó para acercarse y tomar el historial mientras la enfermera observaba los tubos, los líquidos que lo rodeaban. Mi madre leyó rápido, se enteró de que el proyectil había atravesado todos sus intestinos por el lado derecho de su cuerpo y había salido por el lado izquierdo. Se enteró de cientos de anotaciones y las pocas probabilidades que tenía para vivir. Sus manos temblaban mientras la enfermera realizaba un procedimiento, un olor nauseabundo se gestaba dentro de él. Esa mezcla de desinfectantes y el pus que brotaba en su interior se mezclaba en su garganta. De repente, la enfermera la miró de forma directa y le dijo: —¿Usted es que no va a ayudar?—
Aquella noche la esperé en la típica penumbra bogotana de las seis de la tarde, entre libros, sonidos de televisión en aquella salita pequeña. Ella llegó muchas horas después de su salida. Le pregunté: «¿Qué pasó? ¿Todo salió bien?» Ella sonrió, miró su taza de agua panela y me dijo con una sonrisa:
—Mi amor, todo salió bien—, así sin más, sin decir media palabra más. Yo insistí: «¡¿Lo viste?!» Y ella me contó esta historia corta y sin ningún detalle. Le pregunté por qué demoró tanto, por qué, si salió desde una hora tan temprana, acaba de aparecer allí, y ella sonrió y me dijo que no se demoró tanto y que soy un exagerado agitando sus manos y fingiendo calma. Seguía con la bata blanca, pero estaba muy sucia, sus manos temblorosas, raspadas, sus ojos perdidos de mi heroína y yo no pregunté más. Imaginé que pudo verlo, imaginé que se pudo despedir, que no había quedado encerrada en los cuartos secretos de la policía respondiendo preguntas, que no la habían atrapado y que pudo despedirse de su amado hermano.
Imaginé que mi madre podría acompañarlo todos los días, imaginé cómo salía de casa a primera hora a visitarlo durante diecinueve días, siempre con la pequeña foto en su mano izquierda y en su mano derecha nuestro carnet. La veía limpiando sus heridas mientras enfrentaba todo tipo de peligros, la imaginaba acompañándolo en las constantes cirugías e incluso cuando moría, la veía a ella como un espectro que cuidaba y abrazaba las heridas de su hermano en la morgue, como le prometía que todo sería diferente y que su hija por nacer estaría bien a su lado. La veía enfrentando el escenario de aquella ciudad que se desangra en un eterno gris, mientras ella, con su malograda bata, se alejaba a llorar en silencio sabiendo que había hecho todo lo posible por despedirse de su hermano.
