El Secuestro del Cristianismo

Era un miércoles de un año ya olvidado en el cual me encontraba en el corazón de Bogotá en una bodega en proceso de metamorfosis, un sitio gris, con altas columnas, techo de chapa en donde funcionaba la iglesia de mis padres, el lugar era el escenario de las reuniones de la Misión Carismática Internacional, específicamente de su reunión del liderazgo juvenil, un programa destinado a desvanecerse en el abismo del tiempo tras el cisma eclesiástico de 20041. En aquel espacio, un hombre entraba en cólera, señalándome fuertemente, enfrentándose a mí, su rostro marcado por la indignación y sus manos era un buen indicativo que el asunto le ofendía considerablemente, con su cabello largo, sus ojos mirando fijamente y alzando la vos un indicativo ineludible que estaba profundamente molesto conmigo. La causa de su ira era mi renuencia a votar por Claudia de Castellanos, una figura que aspiraba a la alcaldía de la ciudad y que, en última instancia, se quedaría en el tercer puesto.

Como imaginara el querido lector, mi actitud no se quedaba atrás en absoluto, con menos ahínco y renuencia, pero con mucha convicción que estaba en lo correcto, le mencionaba que no tenía ningún sentido que se ofendiera porque un joven de mi edad decidiera no dar el apoyo a un candidato en política.

Ahora bien, ¿por qué está renuencia? La respuesta yace en la libertad de conciencia, ese bastión inquebrantable que nos permite discernir y elegir. Los principios y el plan de gobierno de Claudia no resonaban con mis propias convicciones, no se alineaban con lo que yo, un adolescente en aquella época, consideraba crucial. Mi amigo, sin embargo, veía en mi decisión una herejía, un desafío al «plan divino» que, según él, debía guiar la política pública. Su ira se desbordaba en improperios, palabras que se atropellaban en su afán de ser escuchadas, una persona que genuinamente creía que era Dios mismo el que nos decía que debíamos votar por ella, sin hacer preguntas, sin reflexionar y por supuesto sin dudar, una palabra erradicada del léxico del cristianismo de la misión joven internacional de esos días.

Este episodio me llevó a una “disciplina” de varias semanas, un castigo eclesiástico que enmascara su verdadera naturaleza bajo un eufemismo. Pero más allá de la anécdota personal, este evento revela una realidad más amplia y perturbadora: la instrumentalización del cristianismo en la esfera política. Es un fenómeno que sofoca el diálogo y anula la reflexión, que secuestra una fuente inagotable de gracia para fines monolíticos que ha pasado de ser un movimiento extraño para convertirse en una verdadera pesadilla.

La verdad de unos pocos

En mi infancia, mucho antes del episodio en la bodega de Bogotá, llegó a nuestras manos una fotocopia que contenía la profecía de un pastor del sur de la ciudad. Escrita en un lenguaje directo y efusivo, la profecía advertía sobre un cataclismo inminente: un terremoto que reduciría a escombros la urbe, desde sus edificios hasta sus cimientos. Con detalles apocalípticos, señalaba la muerte de aves como el presagio irrefutable de la catástrofe. Atribuía este hipotético desastre a una serie de comportamientos morales que, tanto en la década de los 90 como ahora, inquietaban a diversas congregaciones cristianas. El pastor daba un margen de tiempo, una ventana de meses, quizás un año, para que el desastre se materializara.

Aquí surge una interrogante fundamental: ¿Cómo puede alguien estar tan seguro de que escucha a Dios? ¿Cómo discernir entre la voz divina y la imaginación humana, que a menudo convierte sus temores y deseos en realidades percibidas? En mi niñez, no podía encontrar lógica en un Dios que enviara terremotos como castigos divinos, especialmente cuando Colombia, situada en el cruce de varias placas tectónicas, es un territorio propenso a sismos, profetizar un terremoto en Colombia es tan absurdo como profetizar mucho frío en Islandia. Sin embargo, lo más aterrador de todo esto es remplazar el Cristianismo por un Dios iracundo que envía castigos de todo tipo a sus hijos porque no hacen exactamente lo que él asume que se debe hacer, y aunque este Dios le lleve la contra a todo lo enseñado por Jesús en el nuevo testamento sorprende la renuncia con que interpretamos a Dios como un ser que vive del chantaje emocional para lograr sus objetivos.

La profecía nunca se cumplió. Sin embargo, lo que sí proliferó fue la presencia de individuos que se autodenominaban mensajeros de Dios. En aquel entonces, afirmar hablar en nombre de Dios era visto como un signo de locura o herejía. Pero en las décadas posteriores, se ha vuelto más común encontrar hombres y mujeres que se erigen como los intérpretes definitivos de la fe cristiana. Estas figuras no solo han erigido barreras conceptuales alrededor del cristianismo, sino que también han simplificado su complejidad intrínseca.

Lo que más me sorprende, sin embargo, es la seguridad y certeza que Dios se comunica con ellos de una forma tan clara que deben invitar al mundo hacer lo que ellos asumen y convertir el escenario público en la caja de resonancia de su fe privada. Es una fe privada porque por lo general son los únicos interlocutores de este escenario. Ellos y nadie más en el mundo saben lo que se debe hacer, y los demás estamos como si se trataran de neo-mesias que tienen una verdad revelada que los demás no alcanzamos a comprender.

En la primera escena se dijo abiertamente durante semanas que Claudia de Castellanos sería alcalde, que su triunfo sería enorme porque Dios así lo quería ¿Qué sucedió cuando quedo de tercer puesto? ¿Hubo voces críticas al respecto pidiendo explicaciones de semejantes afirmaciones? Claro que no, se olvidó, nadie dijo nada, para repetir la escena de la fe y la política, publica una y otra vez tomando los mismos elementos de la escena y la participación. Una escena que se ha repetido decenas de veces, Dios supuestamente dice -a-, -a- no sucede, no pasa nada, olvidamos y volvemos al mismo juego sin dar explicaciones, sin pedir disculpas, sin reflexionar. Un mito de Sísifo de la herejía.

La privatización de la fe no es otro elemento que el considerar que mi Fe, aquella experiencia privada y trascendente, es la única forma de poder conocer y escuchar la experiencia cristiana, que los otros están obligados hacerme caso si no simplemente les privo en la fe, afirmo que yo si soy cristiano el otro una hereje. la imaginación convierte al otro, en eso precisamente en otro. secuestro el cristianismo.

La privatización de la Fe

La privatización de la Fe se erige como el movimiento cardinal. El creyente, convencido de poseer una comunión única con su Señor, proclama a los cuatro vientos su convicción: su vivencia espiritual es la única legítima. Convencido de ello, considera a aquellos que experimentan la fe de manera diferente como errados, y se erige en su misión desplegar todas las armas a su alcance para demostrarlo. Este fenómeno nos aparta de la vivencia espiritual ajena, inmoviliza la experiencia del otro y lo relega a un mero espectador de la propia. Al creyente se le exige, en cierto modo, silenciar cualquier interpretación espiritual que contravenga la norma. ¿Qué ocurre cuando estas vivencias sugieren directrices sociales? Se imponen. Así, quien privatiza la fe persigue un único fin: forjar un rebaño donde todos veneren a su Dios a su manera. Cada pastor, con su propia visión de Dios y la sociedad, funda su redil, esperando silencio y obediencia ante su revelación privada.

Quien se oponga es tildado de apóstata y será ‘amablemente’ instado a abandonar la congregación o enfrentará castigo. Un tema crucial en este entramado es como muchos pastores de fe privada instrumentalizan a sus fieles, proclamando tener su apoyo en propuestas sociales y políticas. ¿Se les preguntó alguna vez si estaban de acuerdo con Claudia u otro candidato? Nunca. Se espera obediencia ciega, y cualquier desvío es visto como apostasía. Es decir, no solo privatizo la Fe, la revelación, la vos de Dios y no contento con todo ello silencio a mi congregación y digo a los 4 vientos que mi congregación piensa de una determinada forma sin jamás haberlo preguntado.

La inmovilidad de la fe

EL segundo fenómeno que ocurre es que la fe inmoviliza a las personas que no están de acuerdo con esta interpretación, lo que suele pasar es que las personas de fe de la congregación guardan silencio una mezcla de miedo (a perder el liderazgo, sus amigos, comunidad) pero también de santa resignación al esperar que Dios sea el encargado de dar respuesta, esta inmovilidad permite que los pastores de estas congregaciones con su fe privada y su revelación única impongan su agenda que poco a poco se va llenando con sus propios deseos, con su propios intereses.

Esta danza entre silencios complices y mensaje falsamente revelados explica porque en los 90 eran pocas las voces que apoyaban la ultra derecha como respuesta unica del cristianismo y ahora al parecer existe un silencio sordo a considerar que el cristianismo es de ultra-derecha y cualquiera que opine lo contrario simplemente no es Cristiano.

Se ha instrumentalizado el mensaje de Cristo a un extremo violento que lejos de la gracia promueve el odio instrumental y nos aleja profundamente de las enseñanzas de Jesus. De las fundamentales.

Un Baile de fundamentalistas conservadores y el fin del mundo

En este escenario desde la decada de los 90 poco a poco el fundamentalismo religioso (el neofundamentalismo) ha tocado la puerta de las congregaciones, y un deseo generalizado de volver a los rudimentos de la iglesia y de dar interpretaciones sin un comtexto historico, un refundar la teologia para convertirla en una interpretacion que no responde a nuestros tiempos, es el terreno fertil para que muchas personas con una agenda conservadora se impongan y conviertan a las iglesias terreno fertil ideologías cada vez más extremas y erradas. La fe como instrumento para lograr el poder e intereses de unos pocos, tan lejos de la Gracia y tan cerca del poder.

Poco importa para los que secuestran el cristianismo que sus enseñanzas no tengan ninguna lógica teológica, ni hermenéutica, ni histórica ni que soporten un simple análisis lógico,  su objetivo jamas ha sido el mensaje de Cristo, ha sido usar la Fe como un instrumento para obtener el poder, para conseguirlo. La iglesia se reduce simplemente a un campo electoral y los fieles como simplemente parte de un partido politico inexistente.

Una carcel en donde el cristianismo y la gracia profunda se encuentran atrapadas entre rejas, entre personas que entre silencios complices, miedos e intereses se alejan de un encuentro profundo con el mensaje de Jesus.

Anotaciones:

  1. Un cisma que dividiría a la iglesia casi por la mitad de la cual hoy 20 años después aún se recuerda sus consecuencias. ↩︎

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