Verdades que no sirven para nada

Los aeropuertos son lugares hechos para el olvido. Cuerpos que pasan, voces que rozan otras voces, despedidas que duran menos que un anuncio por altavoz. Hace algunos años, en uno de México, una joven me llamó por mi nombre con una familiaridad que no supe devolverle. Me habló como si yo hubiera sido importante en su vida, y yo, mientras le sostenía la sonrisa, revisaba en silencio el archivo incompleto de mis olvidos.

Mi memoria siempre ha sido una forma menor del fracaso. Puedo recordar la capital de cualquier país improbable y, al mismo tiempo, olvidar el nombre de la persona que acaba de preguntármela. Se me borran los cumpleaños. Se me deshacen las caras. Hay gente que guarda a los otros; yo guardo datos inútiles. Como si la mente, para defenderse de algo, hubiera decidido volverse precisa en los lugares equivocados.

Así que hice lo que hace cualquiera cuando la vergüenza y la torpeza coinciden: fingí reconocerla.

Y lo hice bien. Con esa solvencia vacía con la que uno a veces administra sus pequeñas humillaciones.

Hablamos unos minutos en ese idioma liviano de los aeropuertos, donde nadie termina de estar del todo en ninguna parte. Yo asentía, sonreía, buscaba en su rostro alguna ruina del recuerdo. Entonces ella dijo:

—Profe, yo quiero agradecerle algo. Usted fue quien me permitió estudiar esta maestría aquí en México.

Y de pronto me acordé.

No solo de ella. Me acordé del proyecto. Me acordé de todo.

De ese proyecto que fue un desastre absoluto de la A a la Z. No un fracaso elegante, no un desvío menor, no una experiencia con áreas de mejora. Un desastre. Fechas incumplidas. Presupuestos desbordados. Actividades que nunca ocurrieron como habían sido escritas. Si alguien hubiera aplicado una evaluación estándar, el dictamen habría cabido en una sola línea: proyecto deficiente. Y habría sido generoso.

Y me acordé de Sara.

De antes del aeropuerto. De antes de la maestría. De cuando conocí su casa, su vida, sus paredes. Mucha gente habla de la pobreza extrema. Pero pocos la conocen de verdad. Pocos la han respirado. Pocos han entrado en aquellas casas de madera a cuarenta grados, con ese olor que no se olvida, donde el dolor de estómago de los niños se sacia con galletas de barro. Esa era la vida de Sara. Esos eran sus hijos. De ahí venía.

Y, sin embargo, ahí estaba ella.

En México. Cursando una maestría. Hablando un español que había aprendido, en parte, entre los escombros de ese mismo proyecto que los indicadores habían dado por muerto.

Yo le había escrito una carta de recomendación. No me acordaba. Ella sí.

Entonces me senté a escucharla.

Me contó que las clases, las discusiones de oficina, los planes que armábamos y desarmábamos, todo eso le había enseñado algo que no aparecía en ningún informe. No el contenido formal del proyecto, sino el proyecto mismo: el acto de hacerlo. De estar ahí. De empujar algo junto a otras personas que todavía creían que las cosas podían ser distintas.

Hay aprendizajes que no entran en una matriz. Hay desvíos de la vida que no caben en una línea de resultados. Hay huellas que no dejan evidencia, al menos no del tipo que un formulario sabe reconocer.

Esa conversación me obligó a mirar de otra manera lo que venía haciendo.

Mi vida entera se me ha ido entre proyectos sociales. No sabría calcular cuántos marcos lógicos he escrito, cuántas teorías de cambio he armado y desarmado, cuántos formularios de veintitrés páginas he llenado para justificar la compra de un proyector. El desarrollo social no es lo que hago. Es lo que soy. Y es desde ahí —desde adentro, no desde la tribuna— que digo esto:

La verdad más incómoda que he aprendido en todo este tiempo no tiene que ver ni con la pobreza, ni con la corrupción, ni con la escasez de fondos. Tiene que ver con las verdades mismas.

Con las que producimos. Con las que acumulamos. Con las que presentamos en reuniones, citamos en informes y proyectamos en diapositivas. Verdades correctas, verificables, a veces incluso elegantes. El porcentaje exacto de desnutrición infantil en un distrito que no va a cambiar ninguna política. La línea base que nadie vuelve a consultar después del primer informe. El indicador que mide cuántas actividades se hicieron, pero no si algo cambió. La evaluación final que llega cuando el proyecto ya cerró y la comunidad ya dejó de esperar.

El sector social produce montañas de estas verdades. Verdades técnicamente impecables. Verdades que no le sirven a nadie para tomar una mejor decisión. Verdades que no sirven para nada.

He conocido proyectos construidos enteramente sobre ellas: líneas base sólidas, indicadores elegantes, cronogramas exactos. Una arquitectura pulcra. Un edificio verbal sin una sola grieta. Pero afuera, en la vida real, no pasaba casi nada. Se ejecutaban. Se reportaban. Se cerraban. Después quedaban ahí: un PDF en alguna nube, un informe final que nadie leía otra vez. La comunidad seguía igual de sola. Igual de lejos. Igual de acostumbrada a que la visitaran para hacer preguntas cuya respuesta ya no iba a modificar nada.

Eran proyectos técnicamente correctos y humanamente vacíos. Proyectos hechos sin convicción, como quien cumple un trámite más antes del almuerzo. Y un trámite, por más noble que suene, no transforma la vida de nadie.

Porque el sector premia el rigor, sí, pero se mueve también con algo más difícil de admitir: una forma de fe.

Me hacen esa pregunta a menudo: ¿por qué los proyectos sociales son tan distintos de los corporativos? Y siempre respondo que es complejo, que hay muchas variables, que los contextos son diferentes. Pero la respuesta honesta es otra. La diferencia es que en un proyecto social, en algún momento, alguien tiene que cometer un acto de transgresión contra la lógica fría del método. Tiene que apostar por algo que los datos no respaldan del todo. Tiene que creerle más al mundo que quiere construir que al mundo que los diagnósticos le describen.

Apostar por una utopía es, paradójicamente, la forma más sensata de trabajar en lo social. Porque si esperas a que la evidencia te garantice el resultado, nunca vas a empezar.

Ningún donante va a escribir en su informe anual: «Financié este proyecto porque le creí a la persona que me lo presentó.» Pero cualquiera que haya trabajado de verdad en este mundo sabe que, en alguna medida, así funcionan las cosas. El marco lógico otorga permiso. La evidencia reduce incertidumbre. Los indicadores ordenan el miedo. Pero lo que pone un proyecto en marcha, lo que de verdad lo saca del papel y lo empuja hacia el mundo, suele ser otra cosa: una convicción previa, una sospecha obstinada de que vale la pena intentar cambiar algo aun cuando no todo esté resuelto.

La parálisis por análisis que hoy atraviesa al sector es muchas veces miedo con formato APA. La esperanza infantil de que, si acumulamos suficientes citas, tablas y diagnósticos, la decisión terminará tomándose sola.

Pero nunca se toma sola.

Siempre llega un momento en que alguien tiene que decir: esto lo hacemos. Sin toda la información. Sin garantías. Cada proyecto que he visto salir adelante tuvo ese momento. Y muchos de los proyectos que murieron en el escritorio tenían, curiosamente, mejores indicadores que los que sobrevivieron.

He visto organizaciones enteras esconder su falta de coraje detrás de una prosa impecable. Reuniones donde nadie quería decir que no sabía, y entonces todos preferían pedir un estudio más. Una validación más. Un piloto más. Como si el exceso de información fuera a librarnos, finalmente, del peso de decidir.

Pero decidir siempre pesa. Y transformar, más todavía.

La mujer que me detuvo en aquel aeropuerto no aparece en ningún informe de resultados. Ningún indicador la capturó. El proyecto donde nos conocimos probablemente descanse en algún archivo como un fracaso menor, una intervención con desvíos significativos respecto del plan original.

En el papel, quizás fue eso.

Pero ella estaba ahí.

Con su maestría. Con su español aprendido en medio del desorden. Con su vida desviada hacia otro lugar. Lejos de aquella casa de madera. Lejos de aquellos cuarenta grados. Como evidencia silenciosa de algo que nuestros sistemas de medición todavía no saben registrar: que a veces un proyecto roto deja más huella que uno perfecto.

Porque hay procesos humanos cuyo valor real solo aparece después, cuando ya nadie está mirando, cuando el financiamiento terminó, cuando las carpetas descansan cerradas en algún archivo y, lejos de todo eso, una vida siguió moviéndose.

Eso fue lo que entendí, tarde, en ese aeropuerto.

Que no todo lo que transforma puede defenderse bien en una matriz. Que no toda verdad útil viene acompañada de evidencia legible para un comité. Y que el trabajo más importante que hacemos ocurre precisamente en esa zona donde el lenguaje técnico empieza a quedarse corto.

El sector necesita datos. Necesita evidencia. Necesita método. Necesita rendición de cuentas. Pero también necesita recuperar una verdad más antigua y más incómoda: que ninguna transformación relevante empieza cuando desaparece la incertidumbre. Empieza cuando alguien decide avanzar sin ella.

Lo demás, muchas veces, es apenas una coartada bien escrita.

Hay verdades que no sirven para nada. Verdades decorativas. Verdades que se cuelgan en una presentación, se citan en una reunión y luego se dejan morir en la siguiente carpeta compartida.

Pero hay otras que incomodan porque obligan a actuar.

La mujer del aeropuerto era una de esas verdades.

Nadie la reportó. Nadie la midió. Nadie la convirtió en indicador.

Y, sin embargo, ahí estaba: desmintiendo con su sola presencia la suficiencia de nuestros instrumentos. Recordándome que a veces lo más real ocurre fuera del cuadro, en los márgenes del proyecto, en lo que no supimos nombrar a tiempo.

Esa, incómodamente, también es una verdad.

Pero esa sí sirve para algo.

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