Una lectura de la novela de Yevgueni Vodolazkin
No fue que aquella mañana —manejando por Asunción— llegué a casa y abrí El aviador como si una cosa siguiera a la otra, obediente, con causa y efecto. La vida no funciona así. La memoria tampoco.
Fue al revés: leyendo El aviador, en algún punto del libro, recordé esa escena anodina —y por eso sagrada— de verme conduciendo mientras escuchaba a Diana Uribe. Y me sorprendió la felicidad en su forma más humilde: el volante tibio, la ciudad pasando como un animal cansado, y esa voz de mujer que me acompaña desde hace décadas, como si fuera una lámpara encendida en un cuarto donde todo cambia de lugar menos la luz.
A veces mi bienestar depende de cosas que no merecen historia: una costumbre, una ruta conocida, una narración ajena que se vuelve compañía. Y tal vez por eso El aviador me tocó donde me toca todo lo importante: en lo pequeño, en lo que parece insignificante para el mundo pero sostiene —en secreto— la arquitectura de una vida.
Esa mañana, Diana hablaba de Cien años de soledad y dijo algo que aún me persigue: que la novela solo puede comprenderse como una interpretación simbólica de la historia de Colombia, como un mito fundacional. Cuando lo dijo, algo encajó en mi cabeza como una puerta que llevaba años trabada: de pronto cada pérdida, cada evento, cada herida histórica recuperaba su sentido, como si la literatura fuera una forma más íntima de ordenar el desastre.
Y ahora, al volver a El aviador, entiendo por qué mi memoria me devolvió ese momento. Porque Vodolazkin también escribe —a su manera— un mito fundacional: no el de una nación victoriosa, sino el de una nación traumatizada que intenta explicarse a sí misma con retazos, con olores, con ruinas.
El aviador narra dos desplazamientos: el evidente, el temporal, y el invisible, el más cruel: la expulsión del lugar al que pertenecías sin saberlo. El protagonista está condenado a habitar un espacio que no es su espacio, lleno de recuerdos que todavía huelen, pero que ya no existen. Y esa condena, para quienes hemos vivido el desarraigo, no suena a ciencia ficción: suena a biografía.
Una memoria que se arma en pedazos
El aviador (2016) cuenta la historia de Innokenti Petróvich Platónov, un hombre que despierta en una clínica de San Petersburgo en 1999 sin saber quién es, dónde está ni en qué tiempo vive. Su médico, el doctor Geiger, le pide que escriba un diario: que anote todo lo que recuerde, por mínimo que sea, porque solo así podrá reconstruirse.
Y entonces la novela despliega su mecanismo fantástico —la criogenización, el salto temporal, el vacío soviético como un hueco de setenta años—, pero pronto se vuelve evidente que la ciencia ficción aquí es apenas un pretexto. El verdadero interés de Vodolazkin no es «qué pasaría si…», sino esto:
¿Qué queda de una persona cuando le arrancan su tiempo?
La primera parte del libro es una exploración fascinante de la memoria fragmentada. Los recuerdos de Platónov no aparecen como una película ordenada, sino como un cuerpo que recuerda a espasmos: un olor, un sonido, una textura, una luz. No recuerda batallas ni decretos; recuerda el chirrido de su cama infantil, el olor del árbol de Navidad, la mano fría de su abuela con el termómetro, los gritos de las lecheras finlandesas vendiendo por las calles de San Petersburgo.
Son recuerdos que no entran en ningún libro de historia. Y sin embargo, ¿qué se pierde cuando alguien muere, si no es precisamente esa música de detalles que nadie más oye?
Hay una frase que Platónov escribe hacia el final de su diario y que me dejó una marca: «No hay acontecimientos principales y secundarios. Todo es importante, ya sea bueno o malo». Esa idea es, en realidad, una ética. Una rebelión contra el relato oficial de lo que «merece» ser contado.
La liturgia de lo insignificante
Esto es especialmente precioso para mí. Como foráneo que soy —como persona con nacionalidad pero sin nación, que es de aquí pero tampoco es de aquí—, la experiencia de Platónov me resulta dolorosamente familiar.
Cuando recuerdo mi país, no lo hago pensando en eventos objetivos que todos creen que deberían importarme. Lo que extraño son esas texturas de lo sagrado cotidiano: elementos que pasan inadvertidos, sabores y olores que solo habitan en mi mente.
Aún recuerdo un juego que compraba afuera del colegio: unos laberintos de cartón con un balín escondido adentro. Jamás los volví a encontrar. Y a veces mi mente rebusca, como quien busca en cajones viejos, la existencia de esos artilugios que me son inexplicablemente valiosos. Me pasa con eso, como me pasa con la voz de Diana Uribe: hay cosas que no son «importantes», pero que sostienen la vida como sostiene un muro al que nadie mira la casa entera.
Platónov habita mundos que no existen —en espacios, en tiempos—, pero principalmente habita una persona que tampoco existe, hasta que ella aparece de otra manera, con otra edad, con otra piel. Y aquí Vodolazkin introduce la tragedia íntima: no solo te arrancan tu época; te arrancan a tus contemporáneos. Te roban el derecho a envejecer con los tuyos. Te dejan vivo en un mundo donde tu idioma emocional ya no tiene interlocutores.
En el Club de Literatura Rusa en Asunción, alguien dijo algo que se me quedó pegado como un olor: que el lugar y el tiempo de nacimiento son lo único que no elegimos, y quizá por eso lo más determinante. Podemos elegir trabajo, ciudad, pareja, fugas. Pero no elegimos dónde ni cuándo aparecimos. Eso nos elige. Destino, naturaleza, Dios: el nombre importa menos que la fuerza. Y perder ese marco —ese «nací aquí, nací entonces»— puede producir una nostalgia salvaje, casi animal, como si el cuerpo buscara su guarida y ya no existiera.
El aviador como no-lugar
Otra voz del club lo dijo de una forma perfecta: el aviador está en un terreno que no es ningún lado. El avión es un espacio inexistente. El aeropuerto es un no-espacio. Y ahí la metáfora se vuelve brutal: estar fuera del tiempo es también estar fuera del suelo.
Platónov mira desde arriba. Ese es su privilegio y su condena. Ve la historia completa —la Rusia imperial, la revolución, Solovkí, la caída soviética, el capitalismo salvaje—, pero no puede aterrizar en ninguna de ellas. Su vida se convierte en una altura permanente: una perspectiva sin pertenencia.
Y esa altura tiene algo de migración. No hace falta criogenización para sentirse así. A un migrante le ocurre lo mismo. A alguien que se queda en su cultura mientras su cultura cambia radicalmente, también. Se produce un desplazamiento que te deja en crisis, preguntándote: ¿quién soy ahora?
La Rusia que se esconde en la novela
Pero El aviador no es solo una novela sobre la memoria personal. Es también, -creo-, una novela sobre la memoria de un país.
Después de Laurus —otra forma de mito, esta vez medieval, escrita en múltiples niveles de complejidad donde conviven el lenguaje teológico, la estructura monástica y una profundidad narrativa que pocos autores contemporáneos alcanzan— Vodolazkin enfrentó el dilema de todo escritor que ha producido algo monumental: ¿qué viene después?
El aviador es su respuesta. Y es una respuesta más ambiciosa de lo que el propio autor suele admitir.
Porque cuando en entrevistas Vodolazkin dice que la novela es simplemente «sobre una persona que está fuera de su tiempo», yo lo escucho con sospecha. No por desconfianza cínica, sino por respeto a la inteligencia del texto. Es un autor demasiado letrado —doctor en filología, especialista en manuscritos medievales rusos— como para producir algo que opere en un solo nivel.
El aviador no es solo un hombre fuera de época: es una metáfora del espíritu ruso del siglo XX.
Pensemos en lo que codifica: un hombre que nace en la Rusia imperial, que apenas alcanza a ver los primeros años de la revolución, que desaparece en el horror de Solovetski y que reaparece en la Rusia poscomunista. El leitmotiv de Robinson Crusoe no es decorativo: Robinson es el náufrago por excelencia, el hombre que reconstruye un mundo con restos. Platónov es un Robinson del tiempo, varado en una isla que se parece a su tierra pero ya no lo es.
Y luego está Solovkí: el monasterio convertido en campo de exterminio. La naturaleza hermosa como testimonio de lo milagroso y, al mismo tiempo, la historia terrible incrustada como óxido en la piedra. Esa convivencia entre belleza y horror —ese paisaje que no se deja purificar— es una metáfora demasiado exacta para ser casual.
En el club surgió una idea incómoda: el libro no solo denuncia la violencia del poder; también sugiere responsabilidad colectiva. Alguien citó una frase de la novela sobre el terror: que necesita dos cosas, la disposición de la sociedad y alguien que se ponga a la cabeza. El aviador, en ese sentido, no deja al lector en la comodidad moral de «ellos fueron monstruos»: nos obliga a mirar el ecosistema donde los monstruos prosperan.
«¿Quién soy yo cuando todo ha desaparecido?»
En el club, la conversación derivó naturalmente hacia el territorio que la novela provoca en cada lector: identidad y retrospección.
Uno de mis compañeros lo formuló con precisión: el libro pregunta quién soy yo, qué constituye mi esencia personal. No es solo el cuerpo ni el entorno material: es cómo ese entorno incide en nosotros y lo que vamos dejando como recuerdos que configuran nuestra personalidad. Cuando una persona se desconecta de esa base —cuando el suelo desaparece— se produce un conflicto interior devastador: estar biológicamente vivo pero emocionalmente desconectado de lo que alguna vez fuimos.
Otro lo dijo desde la dicotomía entre tiempo y espacio: el espacio lo entendemos —ahora estoy aquí—, pero el tiempo es otra cosa. Un desplazamiento temporal nos sacaría completamente de nuestro eje. Y eso mismo le ocurre a un emigrante, o a alguien que permanece en su cultura cuando esa cultura cambia. Te quedas sin sujetadores. Te preguntas si tu «yo» era realmente sólido o solo una suma de coordenadas.
Pero fue en los testimonios personales donde la conversación alcanzó su momento más conmovedor.
Alguien recordó a su abuela, poco antes de morir, diciéndole: «Yo ya no reconozco casi nada de lo que veo y no reconozco a la gente que me rodea». Cuando desaparecen todos tus contemporáneos, ¿en qué te diferencias de Platónov?
Otro contó que encontró a su abuela pasando nombres de una agenda vieja a una nueva. Y ella le dijo —con esa crueldad involuntaria de las frases simples—: «Pero esta me va a quedar muy grande». Las amigas se habían ido muriendo una a una, y la agenda nueva tendría más páginas vacías que llenas. Esa imagen es una de las más devastadoras que conozco: el futuro como un cuaderno demasiado amplio para una vida que ya está terminando.
Y alguien más habló de una madre con alzhéimer: días lúcidos y días en otra época, sin celulares, sin internet, sin los autos de ahora. Como Platónov, pero sin laboratorio. Como Platónov, pero con la crueldad de lo real.
Ahí el libro se vuelve espejo: no hace falta vivir cien años ni ser sometido a criogenización para sentirse fuera de su tiempo. La edad, la migración, la tecnología, la velocidad del mundo contemporáneo pueden producir el mismo desplazamiento. Todos somos, en algún momento, aviadores.
Nastia: El presente que no sabe qué hacer con el pasado
Quiero detenerme brevemente en Nastia porque en el club fue un punto de fricción —y con razón—. Algunos la sintieron superficial al inicio, deslumbrada por la fama o por la rareza de este hombre. Otros la defendieron: Nastia es el presente intentando entender al pasado, y a veces el presente se defiende con torpeza, con ironía, con frivolidad.
A mí me interesa Nastia por otra razón: es el ancla. La única cuerda que Platónov tiene para no disolverse por completo. Ella no es Anastasia, pero es Anastasia; no es el amor perdido, pero es la posibilidad de no estar solo en el mundo nuevo.
Y también es un contraste generacional. La madurez de una persona de dieciocho años a principios del siglo XX no se parece en nada a la de una persona de dieciocho años hoy. La responsabilidad era otra, la idea del amor era otra, el matrimonio era otra cosa. Nastia, con sus idas y vueltas, encarna esa Rusia posnoventa —y, por extensión, esa modernidad— que ya no entiende el amor como destino, sino como exploración.
Platónov, por su parte, mira a Nastia y a veces mira a otra. No porque sea cruel, sino porque su memoria no sabe obedecer al presente. Es, literalmente, un hombre con el corazón desfasado.
El arrepentimiento como superación del tiempo
La memoria es fragmentada. Un día me encontraba viendo una serie de televisión —One Day at a Time, una comedia que me ha parecido sensacional por la complejidad y la belleza de sus guiones— y nuestra protagonista apareció en una escena. En ese momento, otra vez la memoria: me acordé de ella. La vi. Me quedé quieto en la silla, congelado. No la había recordado en años, y sin embargo ahí estaba entera: su olor, su sonrisa, su rostro. Y por primera vez sentí lo que era haberla perdido. Sentado allí, después de años de no verla, sentí la pérdida como algo físico, presente, recién hecho. Sentí el arrepentimiento.
Lo peor de ese arrepentimiento es saber que esa persona ya no existe, no porque haya muerto, sino porque el tiempo nos transforma, y ella solo existía ya en mi memoria. Allí, sentado frente a una serie anodina, tuve un recuerdo que me definió profundamente en aquel momento. Una fracción de segundo que contenía años enteros.
Cuento esto porque cuando Vodolazkin dice en entrevistas que El aviador trata fundamentalmente sobre el arrepentimiento, algo en mí lo reconoce. Pero confieso que esa afirmación también me deja inquieto.
No porque no esté en el libro —está—, sino porque la novela se sostiene durante mucho tiempo sobre otra fuerza: la memoria sensorial, la intimidad como historia verdadera. Cuando el arrepentimiento aparece con claridad, uno siente —o al menos yo sentí— que el texto encontró su centro moral en el camino, como si la idea hubiera madurado durante la escritura.
Pero cuando llega, llega con una belleza peligrosa.
Hay un pasaje cerca del final, en un avión, donde Platónov conversa con un sacerdote. Allí se formula la idea: el verdadero arrepentimiento sería un retorno al estado anterior al pecado, una especie de superación del tiempo. Y sin embargo, el pecado no desaparece: permanece como pecado anterior, como algo que existe y al mismo tiempo ha sido destruido.
Esa paradoja es la clave: el arrepentimiento no borra la acción ni sus consecuencias —no rejuvenece a los muertos, no deshace la violencia—, pero restaura algo interior. En una novela obsesionada con el tiempo, la idea de que el arrepentimiento supera el tiempo tiene una resonancia casi teológica, como si la salvación fuera un tipo de cronología alternativa.
La escena clave es el dibujo de Zaretski. Platónov, ya deteriorado por los efectos de la criogenización, recupera brevemente su capacidad de dibujar y retrata a Zaretski —el hombre responsable de su desgracia— no como monstruo, sino como humano. Ese gesto es el núcleo de una ética: ver en el enemigo a la criatura, despojarlo del papel absoluto de verdugo.
En el club alguien lo formuló como una escalera moral: hay algo que supera la justicia, y es la misericordia; hay algo que supera la misericordia, y es el amor. Uno puede discutir la jerarquía, pero no puede negar la fuerza de esa intuición en el libro. Vodolazkin no solo quiere que entiendas la historia; quiere que decidas qué haces con tu odio.
Una novela de dos velocidades
Aquí llego al punto más delicado.
La primera parte de El aviador es extraordinaria. Vodolazkin logra una atmósfera que combina suspenso con profundidad introspectiva. La reconstrucción progresiva de la memoria —fragmento a fragmento, como quien arma un mosaico con piezas que no encajan— es narrativamente brillante. El lector no sabe más que el protagonista, y esa ignorancia compartida genera una tensión que no se suelta. El primer cuarto del libro es, sin exagerar, una de las mejores aperturas que he leído en narrativa rusa contemporánea.
Pero la segunda parte cambia de velocidad. Entran cambios de narrador —el diario de Geiger, las entradas de Nastia— y el ritmo hipnótico se quiebra. En el club surgió un paralelismo iluminador con Viaje sentimental de Viktor Shklovsky: diarios, fragmentos, aceleración, cierre abrupto. La idea de que Vodolazkin pudo haber seguido ese modelo conscientemente me parece plausible, incluso atractiva.
Y aun así, como lector, el efecto es un descenso.
¿Es un defecto? ¿O es parte del sentido? No lo tengo completamente resuelto. La memoria no es lineal. La vida tampoco. Quizá la novela, al romperse, está imitando el modo real en que recordamos: a golpes, a saltos, a veces con un brillo y a veces con un vacío.
Lo que sí sé es esto: incluso en sus momentos más apresurados, hay destellos de genialidad. Y las páginas finales —cuando Platónov vuelve a describir el papel pintado de su infancia, el sonido de la costurera, el chirrido de la cama, la voz de la abuela leyendo— son de una belleza que justifica el recorrido entero.
Vodolazkin cierra donde empezó: en lo sensorial, en lo diminuto, en lo que no entra en los libros de historia pero constituye la materia real de una vida.
Un aviador que todavía vuela
El título se revela en su plenitud al final. El aviador no es solo el juego infantil de ser pilotos, ni el funeral del aviador Frolov que marcó la niñez del protagonista. El aviador es una metáfora de la visión elevada: alguien que ve la totalidad desde arriba, que comprende el mosaico completo de una vida mientras quienes están abajo solo ven fragmentos.
El libro comienza en un avión (o la memoria, o las memorias) y termina en un avión. Y esa estructura circular no es un truco: es la forma. Porque el avión es el lugar donde el tiempo se vuelve visible como herida. Donde el pasado y el presente se miran de frente sin poder tocarse.
Si me preguntan si recomiendo El aviador, la respuesta es sí, sin reservas. No es una obra perfecta —y su autor probablemente lo sabe—, pero es una novela que logra algo que pocos libros logran: hacer que el lector se detenga y piense en sus propios laberintos de cartón, en sus propias agendas demasiado grandes, en esas voces que lo acompañan durante décadas como si fueran una patria portátil.
En definitiva, Vodolazkin nos recuerda que la historia no se escribe desde los tronos ni desde los campos de batalla. Se escribe desde la altura solitaria de un aviador que mira hacia abajo y reconoce, en cada destello mínimo del mundo, la huella de alguien que una vez estuvo vivo.
Esta reseña nació en las calles de Asunción (o, mejor dicho, en el recuerdo de esas calles mientras yo leía), creció en una sesión del Club de Literatura Rusa y terminó de tomar forma en estas noches de escritura donde uno intenta, como Platónov, rescatar algo del olvido. A los compañeros del club, cuyas voces habitan este texto: gracias.
