Te confieso que la ternura
es un idioma extraño.
La habito como quien viste un traje ajeno:
holgado, incómodo,
probándome una talla
que no me pertenece.
Afuera,
la realidad ensaya certezas.
Caminamos extraviados,
mintiendo cordura
en pleno naufragio,
diciendo que el timón obedece
cuando solo hay mar.
Pero allí —
en la orilla del desastre—
ocurrió el hallazgo.
No fue suerte:
fue arquitectura.
Un milagro de los que se construyen
ladrillo a ladrillo,
sobre el abismo.
Tuvimos que inventar andamios
para comprendernos,
aprender a caminar
entre el mandato del mundo
y la verdad desnuda
de lo que somos.
Así nació esta geografía.
Un mapa privado,
con montañas y claves cifradas;
con estepas donde la Onana corre libre;
con casas suspendidas en el aire
para mirar el horizonte; –
con bosques oscuros
que aún nos falta atravesar.
Aquí llueve.
Llueve mucho.
Y de esa misma agua
nace el verde.
Hoy,
frente a esta cartografía viva,
sello el pacto
con un gesto de crudeza antigua:
piedra
y metal.
No como adorno,
sino como memoria geológica.
Es una esmeralda:
sangre verde
de mi tierra,
fragmento de un universo
que conspiró
durante millones de años
para ser hallado.
La sostiene el oro de mi madre,
cargado de su propia historia:
de discusiones teológicas
frente a una iglesia,
de un amor que precede
a este amor
y, aun así,
lo sostiene.
Este anillo
no es tributo.
Es brújula.
La promesa de habitar
esta geografía contigo,
de navegar juntos
los mares prometidos,
de sostener la forma
incluso
en medio del naufragio.
Te entrego esta piedra
como quien entrega
su propio eje.
Porque mi único sueño
es simple:
estar.
Permanecer en este mapa
inabarcable
hasta que las tormentas
dejen de asustar
y se vuelvan
solo otra forma
de lo verde
que hemos decidido
habitar.
