Ruinas para un triunfo: Notas sobre aparecer en una revista

Aparecer en una revista es una extrañeza silenciosa. No es un mérito que uno espere ni un destino para el que se entrene; es más bien una interrupción, un umbral que se abre sin permiso entre ser alguien que escribe en la penumbra y ser mirado, nombrado, leído.

Ese tránsito —mínimo, simbólico, brutal— raspa. Deja marca.

La entrevista ocurrió en el Club Centenario, todavía con el eco del premio vibrándome en el pecho. Entre plantas que parecían observarnos y el murmullo lejano de los festejos, Arai Lazarte (Fio) me preguntaba con una insistencia suave, y yo respondía desde un lugar que aún no sé habitar. Las preguntas eran simples y a la vez imposibles: el sentido de la literatura, los caminos por venir, lo que uno espera construir con palabras que a veces ni siquiera obedecen.

Y ahí estaba, tanteando frases como quien busca luz en un pasillo ajeno, tratando de no caer en las trampas de la cortesía, aunque tampoco quería traicionar la honestidad que suelo reservar para evernote y mis historias.

Porque en realidad —y esto lo descubrí mientras hablaba— lo extraño de una entrevista no es lo que uno dice, sino todo lo que emerge entre líneas: la duda, el miedo a no estar a la altura, la sospecha de que tal vez no tienes derecho a llamarte escritor, que acaso aún eres un aficionado al que le tocó un golpe de suerte. Esa herida diminuta entre el ser y el no ser.

Allí estaba yo emocionado por el premio, agotado por todo lo que estaba pasando y respondiendo en una profunda telaraña de dudas.

La herida entre el ser y no ser

Lo más revelador de esa tarde fue entender que estaba en una transición áspera. Por un lado, sé que falta un camino largo, ancho y lleno de silencios para poder reclamar ese título abstracto de «escritor», ese oficio que construye mundos posibles y da testimonio de lo que se rompe antes de desaparecer. ¿Cómo merecerlo? ¿Cómo decir que uno es escritor, poeta, ensayista? Aún me parece que es algo guardado para un puñado de seres.

Por otro lado, algo en mí reconoció que esta aparición —la revista, el premio, las preguntas— funciona como una promesa: una oportunidad de empezar a escribir de verdad, sin pedir disculpas, sin pedir permiso.

Y entonces llegan las preguntas que de verdad importan:

¿Qué contar?

¿Qué hacer con semejante responsabilidad?

¿Cómo sostener el mundo que uno decide nombrar?

El acto mágico de la entrevista

La entrevista tiene algo de rito diminuto. Como si alguien, al escucharte, organizara tus pensamientos mejor que vos mismo. Pero lo esencial ocurre después: cuando se apagan las luces, cuando dejas el Club Centenario y vuelves a imaginar los mundos que deseas escribir, rumias profundamente en tu mente entre personajes, entre momentos, mientras conducís, mientras estás en casa esperando el momento en que sentís el teclado y aparecen las ideas. Ahí es donde empieza el verdadero trabajo: construir narrativas que no traicionen lo que duele, mundos donde la dignidad de lo que calla encuentre voz.

El premio es apenas un punto en el mapa. La revista, un faro amable. La entrevista, una apertura.

Lo importante viene después: no fallarle a las historias que todavía no existen.

Arai entendió eso. Le agradezco la delicadeza de sus preguntas y el respeto con que sostuvo mis respuestas, como si acariciara un vaso quebradizo. Ser parte de la primera edición de Bartes es un honor que no se dice en voz alta, pero que se siente hondo, como un lugar ganado, con la fragilidad exacta de lo que aún está naciendo.

La cartografía del escritor

Creo que para mí la entrevista significa precisamente eso, sostenerse en un piso quebradizo precioso, que anhelas, que lo sentís, al que le temes, pero sos incapaz de dejarlo, todo por la promesa de tejer historias que valgan la pena contar no por el acto incesante de la vanidad o del ego, sino por algo más profundo: por dejar un legado de memoria, de vidas que renacen y pueden contar su memoria e historia.

Y ahora que aparecí en una revista, ahora que alguien pronuncia la palabra «escritor» al hablar de mí, sé que recién empieza el trabajo verdadero:

Ser digno de ese nombre, de ese mapa, de esas ruinas.


Tu comentario aquí

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.