150 años de una novela profética
Reflexiones a partir de la conferencia ofrecida en la Cámara de Comercio Paraguayo-Rusa, 27 de noviembre de 2025, en el marco del Club de Literatura Rusa.
Buenas noches a todos. Para mí es un absoluto privilegio que podamos reunirnos para hablar de Dostoyevski, que es uno de nuestros grandes referentes en la escritura, pero también en la narrativa humana.
Así comencé mi intervención aquella noche de noviembre, en un salón de la Cámara de Comercio Paraguayo-Rusa donde nos habíamos congregado para celebrar los 150 años de la publicación de El Adolescente. Pero mi propósito no era simplemente rendir homenaje a un clásico. Mi propósito era enamorar profundamente a los presentes de esta literatura, y principalmente, asustarlos. Asustarlos para que se dieran cuenta del poder que tiene la literatura para narrarnos, no solamente en lo antiguo, sino en nuestro presente.
Este ensayo recoge y expande aquella reflexión. Porque lo que descubrimos esa noche, leyendo juntos en el Club de Literatura Rusa, fue algo perturbador: Dostoyevski no escribió una novela sobre la Rusia del siglo XIX. Escribió un diagnóstico precognitivo de nuestra sociedad del siglo XXI.
I. ¿Podría ser Dostoyevski el profeta del siglo XXI?
La pregunta parece absurda. Un escritor ruso del siglo XIX, epiléptico, adicto al juego, perseguido por deudas, ¿profeta de nuestra era digital? Y sin embargo, cuando uno lee El Adolescente con ojos contemporáneos, la sensación es inquietante. Es como si Dostoyevski hubiera tenido acceso a nuestras redes sociales, a nuestras crisis de identidad colectivas, a nuestra incapacidad estructural de madurar.
Mi tesis central es que El Adolescente es mucho más que la historia de un joven en la Rusia del siglo XIX. Es un diagnóstico visionario de una condición humana y cultural que trasciende épocas y fronteras. Dostoyevski no solo describió la adolescencia de Arkadi Dolgoruki, nuestro protagonista, sino que pobló su novela con personajes y dinámicas que prefiguran lo que hoy llamamos la «sociedad adultescente». Y lo que es más perturbador: quizás su descripción sea aún más precisa para nuestro tiempo que para el suyo.
Para explorar esto, propongo tres tesis encadenadas. Primero, cómo la obra de Dostoyevski está llena de adolescentes, no solo por edad. Segundo, cómo esto se expande a un análisis cultural de una sociedad inmadura en su totalidad. Y finalmente, cómo todo ello se refleja, de manera cruel y amplificada, en la sociedad contemporánea.
Prepárense, porque quizás se reconozcan en este espejo.
II. Un yo en formación: Arkadi y la polifonía interna
Comencemos con Arkadi Dolgoruki, nuestro «adolescente» titular. Dostoyevski no nos presenta un héroe acabado, sino un «yo en formación». Como señala el biógrafo Joseph Frank, Arkadi es un ser en constante tensión moral y existencial.
La novela inicia con este joven que se caracteriza por tener una polifonía de voces internas. Cuando escuchamos a Arkadi narrarse a sí mismo, él se narra como muchas personas al tiempo. Observen la paradoja que lo define: planea ser un Rothschild, acumular una fortuna colosal, para alcanzar la soledad y el poder absoluto. Pero luego, en la tarde de ese mismo día, termina impulsivamente en el casino, malgastando todo.
¿Ven? Las ideas grandiosas que cambian constantemente. La necesidad frenética de validación externa. Todo en una sola persona.
Su narrativa, como la de muchos adolescentes, puede ser la de un «testigo no fiable». Sesgada por su propia percepción del mundo, distorsionada por sus deseos e inseguridades. Arkadi se miente todo el tiempo. Analiza continuamente lo que quiere hacer y se miente continuamente de lo que quiere lograr.
Arkadi es un microcosmos de voces en conflicto, una verdadera «polifonía» interna y externa. Como describiría el teórico Mijaíl Bakhtin, la identidad de Arkadi se forja en el choque constante de opiniones y verdades conflictivas. Es un protagonista conflictuado entre lo que quiere ser y todas las voces que lo rodean, completamente obsesionado por lo que opinan de él.
III. Un intelectual sin acción moral: Versilov, el adulto adolescente
Pero Dostoyevski va mucho más lejos que simplemente describir la confusión de un joven. La novela nos muestra, de manera devastadora, que la adolescencia no es solo una edad cronológica. Es un estado del ser. Una condición existencial.
Y aquí es donde la novela se complica maravillosamente.
Tenemos a Andréi Versilov, el padre biológico de Arkadi. El hombre que debería ser el modelo de madurez. Un señor de cuarenta y cinco años. Y sin embargo, Versilov es el «adulto adolescente» más crucial de la novela.
¿Por qué es un adolescente? Porque para Dostoyevski, la adolescencia es un estado del ser. Versilov es un hombre que oscila constantemente entre un idealismo elevado y la más vulgar mezquindad. Es un intelectual sin acción moral. Lleno de grandes ideas europeas, pero completamente incapaz de aplicarlas a su propia vida personal.
Es mezquino, es idealista, tiene muchas ideas para cambiar el mundo. Pero al final no ejecuta ninguna, se queda quieto. Simplemente no se mueve.
Su incoherencia moral es abismal. Su inestabilidad emocional es perturbadora. Lo convierten en un eterno buscador de identidad. Un hombre que nunca termina de ser adolescente.
El crítico literario Leonid Grossman vería en Versilov un reflejo vivo de la crisis de valores de la Rusia del siglo XIX. Y aquí viene lo perturbador: la novela sugiere que Versilov repite patrones generacionales heredados de su propio padre. La inmadurez se transmite. Se hereda. Se encarna en cada generación como una maldición que nadie sabe romper.
IV. La paz interior fundamentada en coherencia moral: Makar, el Starets
Pero Dostoyevski no nos deja completamente en la oscuridad.
Frente a esta turbulencia de Arkadi y Versilov, frente a toda esta confusión moral y existencial, Dostoyevski nos presenta a Makar Ivanovich Dolgoruky, el padre legal. Una figura de humildad genuina y sabiduría silenciosa. Un «Starets»—esa palabra rusa que designa a un anciano sabio, casi espiritual.
Makar representa exactamente lo que Arkadi desesperadamente necesita: un ancla de integridad. Una prueba viviente de que la madurez verdadera existe. No el éxito material. No la validación social. Sino la paz interior fundamentada en la coherencia moral.
Para Dostoyevski, la adultez genuina es esta articulación precisa: paz y coherencia. Makar no es un hombre importante. No es un intelectual brillante. No es rico ni influyente. Pero posee algo infinitamente más raro y más valioso: coherencia entre lo que cree y lo que hace.
Makar es la excepción que confirma la regla. El contraste que nos permite identificar claramente la ausencia de verdadera madurez en el resto de los personajes.
V. Paraguay 1811. Alemania 1871. Italia 1861. ¿Quién es el joven?
Así, Dostoyevski nos pinta una Rusia donde la confusión juvenil no es una fase pasajera, sino un estado del ser. Un estado que impregna tanto a los jóvenes como a los que deberían ser sus guías.
El crítico Konstantin Mochulsky, en su análisis profundo de Dostoyevski, señala algo crucial: «La inmadurez social es el telón de fondo de la novela, donde los adultos son tan inestables, tan emocionalmente variables, como los jóvenes.» No es un problema individual. Es una epidemia cultural. Una sociedad impulsiva. Emocionalmente variable. A menudo hipócrita en sus pretensiones de grandeza.
Algo muy interesante es que en las notas de trabajo de El Adolescente, porque este libro le tomó muchísimo esfuerzo a Dostoyevski, él le escribió a un amigo que estaba preocupado por su Rusia en ese momento, porque veía a Rusia como adolescente. Era una idea que le obsesionaba.
Y aquí permítanme una digresión que nos toca de cerca. Porque esto que Dostoyevski diagnostica en Rusia no nos es ajeno.
Hay algo curioso, casi absurdo, en cómo nos pensamos los latinoamericanos. Nos llamamos «naciones jóvenes». Lo repetimos constantemente. «Somos países en desarrollo, somos pueblos jóvenes, necesitamos tiempo para madurar.»
Pero hagamos un ejercicio de honestidad histórica.
Paraguay declaró su independencia en 1811. Más de doscientos años. ¿Saben cuándo se unificó Alemania como Estado-nación? 1871. Sesenta años después que nosotros. ¿Italia? 1861. Cincuenta años después. ¿La India independiente? 1947. Más de un siglo después que las repúblicas latinoamericanas.
Y sin embargo, nadie llama a Alemania o Italia «naciones jóvenes». Nadie les concede esa excusa.
¿Ven lo que está pasando aquí?
Esa autodenominación de «juventud» no es un dato histórico. Es un refugio psicológico. Es exactamente lo que Dostoyevski diagnostica: la inmadurez como excusa perpetua. Si somos «jóvenes», no tenemos que asumir responsabilidad completa. Si somos «jóvenes», nuestros fracasos son comprensibles, perdonables, temporales.
Somos, en cierto sentido, los Arkadis del continente: llenos de planes grandiosos que se autosabotean, buscando fórmulas mágicas de desarrollo, oscilando entre el mesianismo político y la desesperanza. Y como Versilov, nuestras élites importan «grandes ideas europeas» que nunca se traducen en coherencia moral ni en acción transformadora real.
Dostoyevski, sin saberlo, nos estaba describiendo. Y eso es lo que hace que leerlo hoy, aquí, en Paraguay, sea tan visceralmente perturbador.
VI. Todos somos Arkadi en 2025
Ahora, hagamos el salto más audaz de nuestra reflexión.
Aquí es donde Dostoyevski deja de ser un historiador del pasado y se convierte en un profeta del presente. El Adolescente no es solo un clásico de la literatura, no es solo un objeto de análisis académico. Es un diagnóstico precognitivo. Una predicción asombrosa de la sociedad que vendría.
Hoy, en el siglo XXI, los psicólogos contemporáneos como Jeffrey Arnett hablan de un concepto llamado «adultez emergente». La idea de que entre los 18 y los 30 años—o más—los individuos viven en un estado de transición indefinida. No son adolescentes según la definición cronológica. Pero tampoco son adultos en el sentido tradicional.
Erik Erikson, el gran psicólogo del desarrollo, describió la «crisis de identidad» adolescente. Una crisis donde la persona no sabe quién es, qué quiere, cómo se define. Estos conceptos psicológicos modernos se alinean perfectamente con lo que Dostoyevski ya nos mostraba hace 150 años.
Y aquí viene lo más perturbador: vivimos en lo que se ha llamado la «sociedad adultescente». Adultos que prolongan indefinidamente comportamientos, intereses, y actitudes que son fundamentalmente adolescentes. Los hitos tradicionales de la adultez—familia, carrera, compromiso—se retrasan o se evitan completamente. La cultura digital amplifica el egocentrismo. La búsqueda de validación externa es constante, obsesiva.
Permítanme hacer algo que puede parecer absurdo, pero que es profundamente revelador: comparar a Arkadi Dolgoruki, personaje de ficción del siglo XIX, con la realidad de los usuarios de redes sociales en el siglo XXI.
¿No es el plan Rothschild de Arkadi, ese plan grandioso que anuncia con pasión, que se auto-sabotea apenas horas después al correr al casino, un paralelo perfecto con los planes grandiosos que hoy se publican en redes sociales?
«Voy a ser emprendedor. Voy a escribir una novela. Voy a aprender a programar. Voy a meditar una hora diaria.»
¿No les parece eso bastante parecido a la gente que escribe en LinkedIn—esa red social donde todo el mundo es lo máximo—y dice en enero «este año va a ser mi año, voy a crear mi empresa, voy a ganar mucho dinero», y luego en marzo la cuenta desaparece y no pasó nada?
Publicados, compartidos, performados ante la audiencia. Y luego, casi sin excepción, abandonados en cuestión de días.
Su «necesidad de validación externa» es quizás la característica más definidora de Arkadi. Actúa no porque crea genuinamente en sus planes, sino porque necesita ser visto, ser admirado, ser validado por otros. Y hoy, esta necesidad se manifiesta en una adicción literal a los likes. En la construcción de «narrativas autojustificatorias» en cada publicación. En la baja tolerancia a la frustración: si algo no genera suficientes «likes», se borra.
¿O no somos en algo bien Arkadis cuando nos preocupa muchísimo más los likes en TikTok o los likes en nuestras publicaciones que realmente una experiencia cultural o una conversación real con alguien genuino?
Todos somos, en cierto sentido, Arkadi en el año 2025.
¿Hasta qué punto no somos Arkadi en esa polifonía de voces? ¿Hasta qué punto estamos tan confundidos, rodeados por adolescentes?
Y si Arkadi es el adolescente típico, ¿quién es nuestro Versilov contemporáneo?
Pensemos en Versilov nuevamente: el intelectual sin acción moral. Un hombre lleno de «grandes ideas europeas» pero completamente incapaz de aplicarlas a su vida personal.
¿Cuántas de nuestras «grandes ideas» hoy se quedan congeladas en un tuit? En un post en Instagram que recibe cientos de likes pero cero acción real. En una discusión efímera en un foro online, apasionada durante 48 horas, y luego olvidada completamente.
No se traduce en compromiso real. No se traduce en acción significativa. Solo en performance.
Y aquí viene lo más inquietante: la obsesión de Arkadi por el poder económico—acumular una fortuna colosal como los Rothschild—para lograr soledad y control. Esta obsesión es absolutamente central en su caracterización.
¿No resuena hoy de manera perturbadora con la búsqueda frenética de la «fórmula mágica» para ser millonario en seis meses? Alimentada, amplificada, celebrada por el culto a la imagen y al éxito superficial que inunda nuestras pantallas.
«Cómo hice mi primer millón a los 25 años.» «Los 5 secretos que los ricos no quieren que sepas.»
Es Arkadi amplificado, digitalizado, masificado.
Dostoyevski, entonces, no solo fue un cronista de su tiempo. Fue un profeta inquietante de la patología contemporánea.
VII. La tragedia de la inmadurez prolongada
Permítanme que esto resuene un momento. Porque lo que viene ahora es incómodo.
La tragedia, y es una tragedia genuina, de esta «adultescencia» prolongada es que nos priva de algo fundamental. Nos priva de lo que algunos llaman «inteligencia espiritual». La capacidad de encontrar sentido y propósito más allá de la superficialidad. Más allá de los likes, los seguidores, el dinero.
Sin esta inteligencia espiritual, nos vemos atrapados en lo que Dostoyevski ya detectaba en la Rusia de Versilov: un vacío. Una falta de dirección. Una angustia existencial que ninguna cantidad de consumo puede llenar.
Una sociedad que completamente piensa solo en la adolescencia es una tragedia. Porque la priva de la inteligencia espiritual, de la capacidad de encontrar el sentido más allá de los likes, de los seguidores, del dinero. Sin ella es un vacío, una angustia existencial, una ansiedad que no se apaga en ningún lado, una vida rodeada del consumo, una vida rodeada de las crisis que tenemos como adolescentes.
Las personas con inteligencia espiritual desarrollada son pocas. Y cuando existen, a menudo tienen una tribuna muy limitada. Porque el mundo adultescente no sabe qué hacer con la madurez verdadera. La mira con sospecha. La ve como un aburrimiento.
Y todos queremos ser jóvenes, despreciamos la adultez, pero lo curioso es que si se desprecia la adultez, también despreciamos muchísimo la vejez. Y despreciamos muchísimo lo que viene bueno con la vejez, como es precisamente esa inteligencia espiritual.
Nos perdemos, como sociedad, en distracciones mundanas. En decisiones cortoplacistas. En un vacío que crece cada día.
Y entonces comenzamos a explicarnos. Tenemos políticos que se portan como adolescentes, profesores que se portan como adolescentes, líderes que se portan como adolescentes, familias que se portan como adolescentes. Y estas familias en crisis son un tema que Dostoyevski toma en todos sus libros: la configuración familiar como algo esencial para la vida.
VIII. La difícil y gratificante tarea de madurar
Dostoyevski no solo diagnostica la enfermedad. También nos ofrece, tímidamente, una guía.
Frente al caos de Arkadi. Frente a la incoherencia moral de Versilov. Frente a toda esta confusión existencial que hemos descrito, Dostoyevski nos ofrece la figura de Makar Dolgoruky. La encarnación de la madurez verdadera.
Makar posee algo que es infinitamente más raro y más valioso: humildad genuina. Conciencia profunda de su propia condición. Paz interior. Coherencia entre lo que cree y lo que hace.
Makar es la prueba viviente dentro de la novela de que la madurez verdadera existe. No es un ideal imposible. Es una posibilidad humana real.
Y aquí viene la pregunta final de Dostoyevski, dirigida directamente a nosotros, hoy, en este momento:
¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestra adolescencia cultural? ¿Estamos dispuestos a cultivar esa inteligencia espiritual que hemos descrito? ¿Podemos buscar un sentido más profundo que los likes y las distracciones de nuestro tiempo?
Dostoyevski nos invita, con urgencia genuina, a la difícil y profundamente gratificante tarea de madurar. No con arrogancia. No con severidad. Sino con humildad, como Makar.
¿Cómo nos convertimos en Makar? Esta es la pregunta que queda resonando después de cerrar el libro. Y mi compromiso, después de aquella noche en la Cámara de Comercio, fue precisamente ese: intentar convertirme en Makar y decirme día tras día que tengo que seguir caminando con paz interior, con coherencia, e intentar comenzar a resolver esa gran tensión entre el ser y el tener.
IX. Por qué la literatura importa
Para finalizar, permítanme decirles algo que descubrí en el Club de Literatura Rusa.
Dostoyevski no es un libro de autoayuda. Es mucho más que eso. Pero sí nos da muchas pistas de qué hacer y nos da pistas de cómo intentar construir sociedades adultas, sociedades como Makar, y nos habla mucho de la humanidad y del espíritu.
Cuando lees a Dostoyevski, no importa la profundidad teórica que tengas, no importa la filosofía, no importa el crecimiento, no importa la cultura. Te encuentras. Y en nuestro grupo de literatura hay muchísimos niveles de personas, hay todo tipo de personas, pero todos se encuentran en este texto.
Salimos cada sábado felices, con muchas pistas, pero principalmente salimos dolidos. Porque salimos reflexionando: ¿y ahora qué vamos a hacer con eso?
La literatura, para ser verdadera literatura, no solamente se lee. Es un espejo. Y Dostoyevski tiene un superpoder que no tiene ChatGPT: te dice lo que no quieres escuchar. Te lo dice de frente.
Yo siempre he dicho que realmente lo que ha querido el hombre no es la vida eterna, es la eterna juventud, que es una cosa diferente. Pero la eterna juventud sin madurez es una condena, no una bendición.
150 años después, Dostoyevski no solo nos permite entender mejor el pasado. Nos permite, de manera incómoda e inevitable, comprendernos a nosotros mismos. A veces, la literatura es mejor que cualquier psicólogo o psiquiatra. Porque Dostoyevski sabía algo que muchos han olvidado: que diagnosticar es el primer paso. Pero diagnosticar no es suficiente.
La invitación está hecha. Deberíamos actualizar algunas cosas, quizás añadir un capítulo sobre redes sociales. Pero el diagnóstico fundamental está ahí, esperándonos desde hace 150 años.
Dostoyevski no escribió un libro hace 150 años. Nos acompañó al 2025.
Este ensayo recoge la conferencia ofrecida el 27 de noviembre de 2025 en el marco del Club de Literatura Rusa, celebrando los 150 años de la publicación de «El Adolescente» de Fiódor Dostoyevski. Agradezco especialmente a Uliana, fundadora del Club, y a todos los integrantes cuyas reflexiones nutren estas ideas. Las buenas ideas son de todos; si hay errores, son míos, cada errata en escritura la hice respetando la emoción de la noche, fue una presentación totalmente oral y me parecio hermoso guardarlo con la autenticidad con que se dio.




Alexander Páez Club de Literatura Rusa Noviembre de 2025
