LA HERIDA COMO PATRIA

Discurso de aceptación del Premio Club Centenario

Recibo este reconocimiento con emoción y gratitud profundas.

Gracias al Club Centenario —institución que durante generaciones ha sido guardiana de la palabra escrita en Paraguay— y al jurado por confiar en esta historia y, sobre todo, en la manera en que fue contada. Porque no es lo mismo narrar el dolor que hacer del dolor una forma de conocimiento.

I.

Gracias a la Escuela de Artes Literarias del ISBA por abrirme las puertas de un lenguaje que todavía estoy aprendiendo a habitar.

A los profesores Marcos Augusto, Sergio, Dafne y Estela: ustedes son faros. No de esos que iluminan caminos seguros, sino faros que enseñan a ver en la oscuridad. Que permiten que la literatura florezca incluso —y sobre todo— en medio del dolor.

Este triunfo no me pertenece solo a mí: es nuestro.

A mi querido Club de Literatura Rusa, por esa compañía invaluable en la exploración de los grandes narradores del desgarro.

Y a mi compa Uliana Romanenko: que sigan muchas más aventuras literarias.

A Fernanda, mi amor, por tu apoyo inquebrantable. Por ser hogar en estas tierras que ya son también las mías.

II.

Pero debo agradecer, sobre todo, a quienes no pueden estar aquí.

A Petrona y Serapio, por prestarme su voz y su vida. Por permitirme cartografiar sus ruinas.

Y a mi madre, por enseñarme algo que ninguna academia puede enseñar: a mirar con el corazón lo que la razón aún no comprende.

Hace años, en una calle de Colombia, recibí una puñalada. Cincuenta centímetros de cicatriz que todavía cargo. No lo menciono como anécdota biográfica, sino como dato estructural.

Porque esa herida fue mi primera lección sobre América Latina: aquí el cuerpo es el primer territorio en disputa.

Cuando supe de la historia de Serapio —dirigente campesino asesinado con once puñaladas en Paraguay—, no fue casualidad. Fue reconocimiento.

Los vestigios se reconocen entre sí. Las heridas dialogan en un idioma que no necesita traducción.

Serapio no murió porque fuera peligroso. Murió porque era incomodante. Porque defendía la tierra. Porque acompañó a su hermana Petrona en el juicio más incómodo que haya enfrentado el agronegocio paraguayo, después de que su hijo Silvino muriera envenenado por las fumigaciones.

Once puñaladas. Una para cada año que Silvino no pudo vivir.

[PAUSA LARGA]

Durante mucho tiempo, yo era incapaz de comprender plenamente a Petrona. ¿Cómo se sigue adelante después de perder un hijo? ¿Cómo se convierte el duelo en lucha?

Pero mi madre sí la comprendía. Porque nuestras madres en América Latina comparten algo que nos trasciende:

un dolor que se vuelve amor.

un amor que perfecciona —y también destroza— este continente.

Cuando imaginé a Petrona y a mi madre conversando —como sucede en el cuento— no estaba inventando un encuentro. Estaba reconociendo una patria.

La patria de las mujeres que han tenido que ser más fuertes de lo que cualquier ser humano debería ser.

La patria de quienes han visto morir… y aun así se levantan cada mañana a reconstruir el mundo.

III.

La literatura tiene algo que en nuestra región resuena como un espejo profundo:

la capacidad de nombrar lo que no nos atrevemos a decir.

Somos sociedades que se distraen. Que huyen de las preguntas esenciales del alma.

Sociedades donde los semáforos parpadean sin sentido —como zombis— porque hemos normalizado la disfunción.

Donde el despojo es tan sistemático que ya no lo vemos.

Y la literatura es ese espacio donde nuestra alma profunda se atreve a narrarse.

Donde la herida se vuelve mapa.

Donde el dolor privado se reconoce como historia colectiva.

La cartografía de las ruinas no es solo un cuento sobre Paraguay. Ni solo sobre Colombia.

Es un intento de mapear los territorios donde la pena se vuelve memoria, y la memoria, resistencia.

Paraguay y Colombia comparten un destino manifiesto: multitudes errantes, desterradas, despojadas.

El despojo colombiano es brutalidad visible. Paraguay, en cambio, opera con una sevicia invisible, persistente, omnisciente.

Está en cada árbol talado. En cada casa arrasada. En cada comunidad desplazada por el agronegocio.

Dos violencias distintas.

Una misma genealogía del desgarro.

Este cuento tal vez se lea como la mirada de un colombiano sobre Paraguay.

Pero fue escrito desde otro lugar:

el de alguien que ya no se siente ni de aquí ni de allá,

sino de ese territorio difuso donde habitan los desposeídos.

Donde se encuentran quienes han tenido que reconstruirse sobre los escombros de lo que amaron.

Y si algo he aprendido en estos años en Paraguay es esto:

uno no elige sus patrias.

Las patrias se revelan en los dolores que nos atraviesan.

Escribo porque hay historias que no pueden quedarse en silencio.

Escribo porque creo —y sé que puede sonar ingenuo— que la literatura es una de las últimas formas de justicia que nos quedan.

No la de los tribunales, que casi siempre llega tarde o no llega.

Sino la justicia de la memoria.

La justicia de nombrar a los muertos.

La justicia de decir en voz alta lo que el poder prefiere que callemos.

Silvino tenía once años.

Serapio recibió once puñaladas.

Petrona enterró a ambos. Y siguió luchando.

Esa es la verdadera cartografía de las ruinas:

no el mapa de lo destruido,

sino el mapa de lo que persiste.

Gracias al Club Centenario por creer que la literatura todavía puede ser abrigo y cicatriz compartida.

Por creer que las historias importan.

Que los muertos merecen ser nombrados.

Que la memoria es una forma de resistencia.

Gracias por permitirme trazar, con ustedes, este mapa de los desposeídos.

Y gracias por leer las heridas como lo que son: no cicatrices que avergüenzan,

sino territorios que constituyen.

Muchas gracias.


Los compañeros de la Escuela de Artes Literarias (Profesores y Estudiantes)
La Editora Favorita
Los libros impresos

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