Gracias a quienes navegaron conmigo
—compañeros de mar calmo y de mar bravo—,
a los que izaron la vela
cuando el viento rugió desde dentro,
y también a los que partieron
sin más despedida.
A los puertos efímeros
donde pude echar el ancla,
y a los monstruos que, al mostrarse,
me enseñaron la estirpe
del miedo y del coraje.
A todos los faros,
incluso los apagados.
A las tormentas,
incluso las necesarias.
Hoy me alzo
un año más cicatriz,
un año más horizonte.
Las formas de la memoria
se vuelven abstractas,
como mapas de un país
nunca fundado.
Y aun así, sigo.
Con la ternura agrietada
de quien se aferra a la vida:
a sus imposibles,
a sus deseos inconclusos.
Deseando que este nuevo tramo
no me encuentre intacto ni iluminado,
sino desnudo:
abierto a lo que llega,
a lo que se va,
a lo que aún es capaz de arder
sin ceniza.
