Tejedora de fantasmas: La arquitectura del cuidado en La casa de la calle 22

Alexander Páez
Septiembre de 2025

No es a los vivos a quienes tenemos que ajustar las cuentas, es a los muertos, ellos son los que más duran, una infinidad de tiempo.
— José Saramago, Todos los nombres

La casa de la calle 22 no es un libro que se pueda leer; debe ser habitado, y Susana Gertopán escribe con maestría un tejido formidable. Construye un espacio narrativo donde la memoria fragmentada es método y el silencio, lenguaje. Pero su verdadero motor, el corazón de la experiencia humana que retrata, no es el amor romántico ni la épica. Es el cuidado. Puedo decirlo sin dudar: es uno de los mejores libros paraguayos que he leído. La novela no busca explicar el trauma. Propone algo más valiente: tejerle una casa habitable.

La fragmentación como método

¿Cómo narrar lo que no admite una línea recta? Susana lo entiende bien: ciertos dolores exigen otra forma. Su estructura fragmentaria, hecha de retazos, espirales y ecos, no es un capricho. Es una necesidad ética y formal. Cada capítulo funciona como una habitación distinta en esa casa imposible: Vilna, el recuerdo, el exilio. Desde papeles viejos y fotos sin nombre, la narradora reconstruye, inventando a los fantasmas de su infancia para poder reinventarse a sí misma. Kafka pedía libros que fueran “hachas contra el mar congelado dentro de nosotros”. Esta novela es ese hacha, pero no rompe el hielo de un solo golpe. Lo deshiela, con paciencia, gota a gota.

La prosa de Gertopán avanza y se detiene, a veces parece dudar. Ese ritmo quebrado es un reflejo de la memoria traumática, que no fluye, sino que se interrumpe, regresa, insiste. Su lirismo no busca embellecer el dolor, sino encontrarle una forma que se pueda soportar. Aquí, en esta arquitectura, la interrupción no es una falla. Es el método: “Soy yo la que inventará la vida de los fantasmas que habitan en las fotografías del álbum de Ema”.

En aquella memoria fragmentada los espacios y los tiempos se combinan en una nueva temporalidad construida con pedacitos del corazón de nuestra autora, dándonos una joya de libro y de capítulos preciosamente encadenados.

Ema: el espacio del cuidado

Pero el verdadero hallazgo de Susana es Ema. ¿O deberíamos decir “el espacio Ema”?
La figura trasciende al personaje tradicional para volverse, literalmente, un lugar. No es una persona en la trama; es un refugio. Madre sin serlo. Cuidadora sin saberlo. Una presencia que acompaña desde el más puro silencio. Mientras la niña escribe, Ema simplemente está. No interfiere, no exige. Su gesto resume toda la potencia del libro: “Mientras yo escribía, Ema me cuidaba. En aquel tiempo, yo aún no entendía que el cuidado no era control… sino de amparar angustias.”

Y esta idea del cuidado como un hilo invisible lo teje todo. Vemos a la narradora cuidando a sus fantasmas al darles una historia. Vemos a Ema cuidando a la niña casi desde la ausencia. Incluso la propia escritora cuida al lector, ofreciéndole no respuestas, sino compañía. El cuidado se vuelve la propia estructura: un modo de salvarse mutuamente sin decirlo, de sostener lo insostenible con un gesto mínimo, pero persistente.

Una poética del desarraigo

La casa de la calle 22 conversa con grandes tradiciones —la narrativa del exilio, la literatura de la memoria—, pero no se limita a repetir sus códigos. Susana los reimagina desde una geografía que, siendo paraguaya y lituana, se siente paradójicamente universal.

La casa del título no es un lugar físico. Es un constructo literario: el espacio que la escritura levanta para albergar lo perdido. Pensemos en las grandes casas de la literatura, desde la intimidad de Bachelard hasta las Especies de espacios de Perec. Susana aporta algo nuevo: la casa como un acto de cuidado colectivo, donde los fantasmas no asustan, consuelan.

Un lugar donde la historia de las voces que jamás han sido escuchadas resuena en los silencios de toda la estructura. Como en Nido de hidalgos de Turguénev, la casa polvorienta es geografía de la nostalgia. Pero si Turguénev escribía sobre el retorno físico, Gertopán explora el retorno imposible: a la casa que solo existe en la escritura, habitada por fantasmas que necesitan ser inventados para ser cuidados.

La escritura como reparación

La literatura contemporánea ha explorado el trauma hasta el cansancio. Gertopán, sin embargo, propone algo más complejo. Su escritura no es una denuncia, es una caricia. No es una explicación, es un acompañamiento. Su voz, introspectiva y elíptica, no busca convencer, sino compartir. No pretende resolver nada, sino tejer redes.

Esta poética de la reparación se respira en cada decisión de estilo: la repetición como un ritual que consuela, la elipsis como un gesto de respeto al dolor, la metáfora como un puente entre mundos. Gertopán escribe desde una herida que no cierra, pero no la exhibe. Demuestra que es posible vivir con ella.

Epílogo: La guarania y los fantasmas que cantamos

Esa tarde de sábado, antes de encontrar el libro, había declamado por primera vez una guarania. No la canté —mi voz no está hecha para esos registros—, la dije como si fuera un poema, sintiendo en cada verso el peso de una melancolía heredada. Era Recuerdos de Ypacaraí, y al pronunciar esas palabras sobre el lago y la ausencia, algo se movió en mi pecho, como si los fantasmas de mi propia geografía despertaran de un sueño largo.

Al caminar hacia la cafetería El Jardín, aún llevaba en la garganta esa resonancia extraña, esa vibración que deja la guarania cuando se la dice con respeto y no como postal turística. Y entonces, mientras me perdía buscando la puerta de salida, mis manos encontraron La casa de la calle 22. Como si el libro hubiera estado esperándome en esa deriva melancólica.

Ahora entiendo que no fue casualidad. La guarania y la novela de Gertopán comparten esa misma arquitectura del desarraigo: ambas construyen casas imposibles para albergar lo perdido. La guarania canta la ausencia del lago que ya no refleja los mismos rostros; Gertopán escribe la ausencia de Vilna, la ciudad que solo existe en fotografías sin nombres. Ambas son formas de cuidado: maneras de sostener en el aire lo que el tiempo se llevó. Y uno desea —casi en voz baja— que Nina siga sonriendo.

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