Ficha Técnica
Título: La pulga de acero (Сказ о тульском косом Левше и о стальной блохе)
Autor: Nikolái Leskov
Género: Skaz (cuento popular estilizado)
Año: 1881 (original), 2011 (Impedimenta)
Traducción: Sara Gutiérrez
Prólogo: Care Santos
Editorial: Impedimenta
Colección: El Chico Amarillo
ISBN: 978-84-15130-06-7
Páginas: 144
Introducción: Un escritor en los márgenes
Nikolái Leskov fue siempre un escritor excéntrico, difícil de clasificar: demasiado popular para la élite literaria, demasiado culto para el pueblo al que intentaba imitar. Tolstói lo veneraba como narrador moral; Nabokov lo despreciaba con saña. Walter Benjamin, en cambio, lo reconoció como uno de los grandes maestros del arte de narrar: su prosa no transmitía mensajes, transmitía experiencias.
La pulga de acero (1881) es quizá la mejor síntesis de esa ambivalencia: una fábula que parece un chiste folclórico, un mito nacional en miniatura, una sátira política disfrazada de cuento de hadas. Un texto inclasificable, incómodo, escrito en un género que Leskov perfeccionó —el skaz— y que se lee como si el propio pueblo ruso hablara, con sus torpezas, sus exageraciones y sus giros cómicos. Sin embargo, es un texto de tal profundidad y complejidad que incluso hoy los expertos no logran descifrar todos sus elementos, aunque afirman unánimemente que esta obra es magistral por sus implicaciones sociales e históricas: una forma de acercarse al espíritu de Rusia desde la mirada de un outsider incómodo, con toda su belleza y profundo esplendor.
I. El artificio y la paradoja del genio
La anécdota es conocida: tras un viaje a Inglaterra, el zar regresa maravillado por una pulga mecánica que baila con gracia sobre una bandeja. Muchísimos años después, el zar —otro zar— decide probar el ingenio de sus artesanos y envía el artefacto a Tula, cuna de la manufactura de armas. Allí, un grupo de herreros —entre ellos un zurdo bizco— logra lo impensable: herrar con diminutas herraduras al insecto metálico.
El gesto es tan prodigioso como absurdo. La pulga ya no puede bailar. La hazaña, en términos prácticos, arruina el invento. Pero la paradoja es justamente la esencia del mito: el genio ruso no imita, no copia, sino que lleva la destreza al límite de lo inútil, al absurdo sublime. Ha logrado lo que todos creían imposible: domesticar lo indomesticable. La herradura funciona como símbolo de esa ambivalencia compleja: arruina el invento y, al mismo tiempo, demuestra la capacidad de estar por encima de lo más sofisticado.
El zurdo de Tula encarna esa contradicción. Es inculto, apenas alfabetizado, tosco y zurdo en una época en que esto podía ser una ofensa terrible. Y sin embargo, sus manos superan lo imaginable. Es celebrado como héroe y despreciado como borracho. Muere olvidado, incapaz de transmitir el secreto técnico que descubrió. En él se cifra el destino del país: grandeza y miseria, orgullo y decadencia, genio artesanal y atraso estructural, capacidad milagrosa que sorprende y, a su vez, incapacidad para adaptarse a los cambios que un determinado momento histórico exige. Un prisma incómodo y complejo de analizar.
Por este motivo y muchos otros, es una historia que ha fluctuado entre el amor profundo y la contradicción espesa, siendo amada y odiada por generaciones de rusos que ven en ella un espejo difícil de sostener.
II. El lenguaje del pueblo: el triunfo del skaz
Lo que convierte a La pulga de acero en una obra única no es solo su trama, sino su lenguaje. Leskov escribe como si hablara un narrador popular: frases torpes, deformaciones de extranjerismos, giros arcaicos, repeticiones, humor involuntario. El francés dance se convierte en dansea; los personajes hablan con una mezcla de rusticidad y lirismo espontáneo.
Este artificio estilístico —el skaz— no pretende burlarse del pueblo, sino recrear su música interior. Leskov, que viajó por Rusia tomando notas del habla campesina, quiso preservar esas voces antes de que fueran devoradas por el ruso culto de la intelligentsia. Por eso su prosa suena como un registro oral, un documento sonoro de la Rusia profunda.
La traductora Sara Gutiérrez lo explica con precisión: muchas de estas distorsiones son imposibles de trasladar al castellano, porque pertenecen al genio fonético del ruso. Pero incluso a través de la traducción percibimos la vibración de esa lengua popular que se ríe de sí misma y, al mismo tiempo, se erige como portadora de un mito nacional. La traductora realiza un trabajo magnífico de transformación lingüística; en muchos momentos uno la imagina enamorada del relato, llevando con artesanía de pincel —como un artesano de Tula haciendo lo imposible— el espíritu nacional a una lengua extraña.
III. La miniatura como obsesión cultural
La elección de una pulga no es casual. En la Europa del siglo XIX existían circos de pulgas donde diminutos insectos amaestrados tiraban de carrozas, bailaban o luchaban con espadas. El miniaturismo estaba en auge: relojes imposibles, pinturas microscópicas, filigranas que solo podían apreciarse con lupa. Lo diminuto se volvió espectáculo, metáfora de lo sublime encerrado en lo ínfimo.
Leskov recoge esa obsesión y la transforma en parábola nacional: si Europa se maravilla con una pulga que baila, Rusia demostrará que puede herrar lo invisible. No se trata de utilidad, sino de superación simbólica. La herradura, emblema de la doma de caballos, trasladada a un insecto metálico, es la imagen perfecta de una cultura que convierte lo fútil en hazaña.
Ese es el corazón del cuento: la genialidad rusa no consiste en la innovación práctica, sino en el gesto desmesurado, en la demostración absurda de potencia. La pulga herrada es inútil, pero es el testimonio de que incluso lo invisible puede ser sometido por manos rusas.
IV. Contraposiciones y ambivalencias
El relato se sostiene sobre un juego de contraposiciones de difícil traducción. Existen oposiciones continuas, desde las más obvias hasta las más sutiles:
Rusia/Inglaterra: la sofisticación inglesa frente a la astucia artesanal rusa, el progreso industrial contra el genio manual.
Culto/inculto: los artesanos geniales pero analfabetos frente a los ingleses instruidos pero carentes de «alma». Una afirmación continua de que los artesanos, con conocimientos empíricos complejos, lograron proezas técnicas extraordinarias.
Zares contrastantes: Alejandro I, fascinado por lo extranjero, y Nicolás I, convencido de la autosuficiencia nacional.
Apogeo/declive: funcionarios que pasan de la gloria cortesana a la decrepitud física, espejando el propio destino del país.
Lo microscópico/lo monumental: el contraste entre los inventos de enorme envergadura del inicio y la superación mediante artesanías microscópicas imposibles para la época.
Rusia brilla y fracasa al mismo tiempo; su pueblo es genial e ignorante; sus gobernantes admiran y desprecian lo propio. El zurdo bizco, con sus herraduras imposibles, encarna todas esas ambivalencias. Y hay un asunto que está presente continuamente: la ignorancia de las autoridades y del gobierno frente a las maravillas que su propio pueblo produce, elementos que celebran retóricamente pero que no comprenden ni valoran en su verdadera dimensión, incapaces de entender la enorme patria que les rodea.
V. Una sátira que se vuelve espejo
¿Es La pulga de acero sátira o mito? Ambas cosas. La burla al atraso nacional convive con la exaltación del genio popular. La narración ridiculiza al pueblo y lo glorifica. El zar aparece como ingenuo y como visionario. La pulga es hazaña y fracaso simultáneamente.
Ese es el poder de Leskov: obligarnos a habitar la contradicción. Al final, el lector no sabe si debe reír o llorar, si aplaudir la genialidad o lamentar su inutilidad. Quizás ahí reside la verdad del mito nacional ruso: una grandeza que siempre llega tarde, una hazaña que nunca se traduce en poder real, el olvido continuo de sus héroes más sagrados. Y sin embargo, pese a todo, un enorme amor a Rusia palpita en cada letra, en el lenguaje, en las formas de observarla.
Para Leskov, su patria es una contradicción en sí misma. En sus líneas, uno no puede dejar de imaginar un sitio que él describe en cada una de sus miserias y, sin embargo, se percibe un amor profundo por cada elemento que construye. Podríamos afirmar que el amor del autor a su patria es el único elemento que no es ambivalente: permanece constante y precioso en toda su escritura.
Epílogo: Paraguay como pulga de acero
Al final de la sesión del club de literatura, alguien lanzó la pregunta: ¿cuál sería la pulga de acero del Paraguay? La sala se llenó de hipótesis juguetonas: una filigrana en plata de Luque, un arpa imposible de Itauguá, un colibrí de madera, una chipa perfecta que sobrevive al tiempo. Incluso se mencionaron documentos falsificados con precisión artesanal, barcos en botellas, miniaturas de arroz grabado con nombres. Todas imágenes diminutas, obstinadas, frágiles.
Y, sin embargo, todas nos dejaban en el mismo desconcierto: ¿qué mito diminuto condensa el alma paraguaya? Rusia tiene su pulga herrada. ¿Y nosotros? ¿Cuál es nuestro emblema invisible, nuestra criatura microscópica que arrastra siglos de memoria? Haydee me mira con esos ojos pequeños y brillantes que parecen dudar y saber al mismo tiempo. Su sonrisa se curva, leve, como una pregunta contenida. Mira al frente —no a mí, no del todo— como si buscara en el aire una señal, una grieta en la historia, una rendija por donde asomarse. Y entonces dice, con esa voz tímida que parece pedir permiso incluso para existir: «Quizás la dificultad de responder sea ya una respuesta».
Y sí. Tal vez Paraguay no pueda imaginarse dentro de narrativas fantásticas porque su historia ha sido escrita más con escombros que con fábulas. Porque lo que se comparte no son mitos, sino ruinas. Nos cuesta narrarnos en miniatura porque nos narramos desde la catástrofe, desde el trauma heredado. Porque cada intento de belleza termina herido. Haydee vuelve la vista al frente —a ese lugar donde no hay respuestas, pero sí una especie de horizonte roto— y su frase se queda flotando, como una mariposa que duda en posarse. La escribí rápido, como quien salva una flor antes del incendio, mientras la mesa ardía en un debate encendido, voces cruzadas como espadas, y yo solo podía pensar en la dulzura clandestina de su epifanía.
Por eso el club de literatura funciona como espejo: leyendo a Leskov, nos vemos a nosotros mismos. Descubrimos que, como Rusia, necesitamos mitos diminutos para reconocernos. Que lo ínfimo puede ser espejo de lo inmenso. Que tal vez Paraguay, como la pulga de acero, esté condenado a dejar de bailar bajo el peso de sus propias herraduras, pero también a sobrevivir en la memoria como símbolo.
La literatura, entonces, se vuelve un prisma: nos permite vislumbrarnos donde creíamos no tener reflejo. En la obstinación de herrar lo inútil, en el gesto absurdo de domesticar una pulga, reconocemos algo íntimo: la posibilidad de que lo pequeño también sea patria.

