Vivir es andar en un desierto clamoroso,
cercado por abismos.
En la vasta extensión de la luz perpetua,
bajo la inclemencia de una sed que no sacia,
y, sin embargo, tú estás allí.
Es quedar atrapado en un naufragio,
perdido en la inmensidad del océano,
aferrado a una pequeña mampara,
flotando en eternidad sin tierra a la vista.
Y, sin embargo, tú estás allí.
No sé cómo, ni en qué formas,
tu imagen se queda en mí,
acompañándome, brindando calor en el momento preciso,
alimentando y saciando mi sed.
Eres reflejo de la divinidad en la tierra,
respuesta a las preguntas más profundas
de cómo merecer
la gracia de un amor divino.
¿Cómo es posible este don inmerecido?
¿Cómo ha sido posible alcanzarlo?
Por más que giremos en mil narrativas
y las metainterpretemos,
es cierto que no tenemos forma de entenderlo.
Es la gracia la que permite
que, pese a los abismos más profundos,
tú halles los puentes para sanar mi alma.
