Legado

La aparición

Mi rostro palideció, mi corazón se aceleró y mi mente estalló en ese momento con una idea que jamás se me había ocurrido. La rumiaba como si intentara encontrar un cable perdido en una habitación conocida. Rebuscaba en los mismos rincones de mi mente y emociones, pero ahora con una claridad reveladora: Mi padre, que siempre había contemplado como un adulto, se revelaba ante mí como un joven. Este joven, que apenas había dejado de ser niño, jugaba a ser papá. Y este joven, este niño enmascarado de adultez, me decía que era mi padre.

Me encontraba en una sala blanca, alta, de un apartamento anodino, lleno de portarretratos. Era quizás mediodía –no lo recuerdo con certeza– cuando mi padre me confesó un secreto que jamás había imaginado. Era uno de esos secretos que uno no contempla, que asume sin cuestionar. Caminamos por la vida con certezas ocultas y, sin embargo, allí estaba frente a mí: yo era un niño y mi padre me revelaba su edad.

En ese instante, imaginé a ese joven lleno de sueños: estudiar medicina –lo supe después–, viajar por muchos países, alcanzar numerosos objetivos. Sin embargo, aquel joven se levantaba todos los días al amanecer, enfrentando el frío bogotano que congela el alma y hace doler los pies al tocar el suelo gélido. Salía con una maleta que le desviaba la columna, caminaba por quién sabe qué lugares para encontrar algo con lo que sostener a la familia. Vagaba por la ciudad, de sur a norte, todos los días. Desde los días en que el sol quema la piel en las alturas hasta los días en que la ciudad es un mar de barro gris. Todo lo hacía por mí y por mi hermana, pues ahora nosotros representábamos sus sueños.

Hasta ese día, había asumido que mi padre era un viejo. No lo veía como un ser humano, sino más bien como un objeto con una misión específica: estar a mi servicio. Sin embargo, en ese momento de consternación lo comprendí todo. Mi padre era un joven asustado, temeroso, con sueños, pero su espíritu luchaba por mí cada día. A pesar del miedo que congela el alma, él enfrentaba la realidad con una sonrisa, creando un ambiente donde su paternidad se convertía en una prueba viviente de la existencia de Dios en nuestras vidas.

Hoy, muchos años después, recuerdo aquel momento. Recuerdo a ese joven padre que siempre estaba allí para mí, reivindicando la paternidad, ese oficio tan vituperado y pisoteado en esta posmodernidad. No tengo palabras ni conceptos claros para expresar mi profunda admiración por su legado y sus dones. Desde entonces, en la mente de ese niño que rumiaba en su cabeza, algo cambió. Ese caos mental encontró un nuevo propósito: honrar su legado en la vida.

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